Así habló Zaratustra, pt. 11/12

Hoy la interpretación del eterno retorno y sus consecuencias para la tarea de superación del superhombre.

Guión

 Estamos en el discurso central del libro, De la visión y del enigma, en el que Nietzsche expone su doctrina del eterno retorno. Antes de continuar con ese tema, volvamos a la imagen central del prólogo: la cuerda floja y el volatinero. Recordarás que el volatinero representa el espíritu del hombre contemporáneo y su cultura. A la vez que sale sobre la cuerda y avanza sobre ella, Zaratustra está allí abajo anunciando la llegada del superhombre y la superación de una época decadente. El hombre moderno es decadente porque es superficial, conformista, débil, miedoso y porque rechaza esta vida a favor de una porvenir. Entonces, el pueblo al que Zaratustra dirige sus palabras está representado por el volatinero a la mitad de la cuerda. ¿Regresará al inicio de la cuerda donde estará a salvo pero decadente, o continuará hacia adelante en un proceso de transformación y superación cultural que producirá un futuro de superhombres? El discurso de Zaratustra pretende convencer a los que escuchan a proceder hacia adelante, pero la retórica que emplea es defectuosa y no logra su meta, cosa que vemos con la caída del volatinero. A pesar de su fracaso inicial, su enseñanza sigue igual a lo largo de las primeras dos partes en las discusiones con sus discípulos, a saber, la superación cultural para que sea posible el superhombre.
Un polo de su enseñanza es el superhombre; el otro es la idea del eterno retorno. ¿Por qué hace falta esta segunda parte de su mensaje? Pues imagínate que vas con el médico y te hace análisis y pruebas y te dice que estás muy mal de salud, que tienes que transformarte para ser sano y fuerte. Lo que dice puede ser correcto, pero si no te dice por qué estás mal (o sea, por tu dieta o porque no haces ejercicio), entonces ¿cómo puedes superar tu condición? No, pues no puedes. En el contexto de nuestro libro la pregunta es: “Por qué el hombre moderno es decadente?” La respuesta no se da hasta el final de la segunda parte en el discurso “De la redención”. Ahí vimos que la decadencia del hombre brota de la incapacidad de la voluntad de querer hacia atrás, de corregir los dolores, accidentes y sinsentidos del pasado. Debido a ello, el hombre se venga contra el tiempo, contra el “así fue”, al crear un mundo perfecto después de este.
Si Nietzsche es correcto, el remedio que su paciente requiere es la doctrina del eterno retorno y la capacidad de convertir el “así fue” en “así lo quise”. Con esta mayor comprensión de la situación del hombre, uno pensaría que Zaratustra volvería al pueblo del prólogo para intentar nuevamente comunicar su enseñanza. Pero no. En vez de eso, lo encontramos en un barco hablando con marineros acerca de una visión que tuvo en la que platicaba con un enano frente a un portón sobre la naturaleza del tiempo. Su pensamiento abismal, el eterno retorno, lo enuncia por primera vez en la seguridad de su propia cabeza y sólo luego ante un grupo de marineros aventureros que son acostumbrados al peligro y a la incertidumbre. ¿Por qué tanta precaución? Porque la doctrina del eterno retorno es sumamente peligrosa. Alguien que fuera realmente capaz de querer que toda su vida retornara, quererlo con gusto y con ganas, habría superado la decadencia del hombre moderno y sería en efecto un superhombre, pero su vida no sería una de creación sino de repetición, la repetición de todo lo que vino antes. Recuerda que en el alemán, “superhombre” es “übermensch”, literalmente “sobrehombre”, aquél que supera y crea nuevas tablas. Sin embargo, si uno acepta el eterno retorno, sus actos dejan de tener ese carácter. En vez de la superación, tenemos el amor fati, el amor al destino.
Entonces, tenemos una profunda contradicción en la enseñanza de Zaratustra, al menos desde nuestro punto de vista como lectores. Pero desde la lógica del texto, no. En el texto, la doctrina del eterno retorno se enuncia en una visión privada lejos del ágora o de la plaza de la ciudad. Lo que Zaratustra ha hecho, en efecto, es separar las dos enseñanzas. Una, la del superhombre, es exotérica, para el pueblo, y la otra, la del eterno retorno, es esotérica, sólo para unos cuantos. ¿Te acuerdas del subtítulo del libro: un libro para todos o para ninguno. En definitiva, la enseñanza del eterno retorno no es para todos.
Nietzsche no fue el único filósofo de manejar su enseñanza de esta forma. También el mismo Platón. Comparemos La república con Así habló Zaratustra. En uno, Sócrates y sus interlocutores están forjando con palabras la república ideal. En el otro, Zaratustra y el enano están discutiendo la naturaleza del tiempo. Retóricamente, los dos grupos están en la misma posición, a saber, un espacio teórico abstraído de la vida concreta. Las decisiones que tomen ahí tendrán consecuencias prácticas en la vida real.
El punto que me interesa en La república es cuando Sócrates y compañía hablan de las clases que la componen. Si te acuerdas, consta de tres clases: los guardianes, los guerreros y los artesanos. La pregunta es cómo determinar a qué clase le corresponde a una persona determinada. Platón pensaba que la gente nacía con ciertas disposiciones psicológicas naturales las cuales serían aptas para llevar a cabo la actividad de cierta clase. Desde luego, los guardianes determinarían la disposición de cada quien en el proceso educativo desde temprana edad. Pero para que la sociedad así constituida constituyera una unidad verdadera, sería conveniente que el público creyera que todos habían nacido en la tierra, que la tierra de Atenas fuera la madre de todos, y que durante su gestación en ella ciertos metales se mezclaban en el espíritu de cada quien: oro, plata y bronce, correspondiendo a las tres clases. Viéndolo así, la gente estaría más dispuesta a aceptar su lugar en la sociedad. Es una mentira, pero una mentira noble, ya que lo que pretende lograr es bueno. La enseñanza esotérica es la que Sócrates y Platón comparten entre sí sobre la naturaleza psicológica de los seres humanos. La exotérica es la que se le cuenta a la gente, la mentira noble.
Bueno, ¿qué relación tiene todo esto con el eterno retorno? Pues primero hay que tener en cuenta que la finalidad básica de este texto de Nietzsche es ofrecer una alternativa al platonismo ya que éste, y su versión popular – el cristianismo, son nihilistas. ¿Por qué? Porque niegan todo valor a este mundo al crear un mundo superior o trascendente. Esto, y la venganza contra el tiempo a su base, es la raíz de la decadencia del hombre. Para superar esta decadencia, hay que replantear o reinterpretar el tiempo, convertir la venganza en amor, específicamente, en amor fati, amor al destino. Lo extraño del planteamiento de Nietzsche es que parece sustituir un nihilismo, el de Platón, con otro incluso más severo. Si todo retorna, entonces no hay libertad y todo está determinado o destinado de antemano. Todo lo que ha pasado volverá hasta su más pequeño detalle. Si es así, ¿qué punto tiene tomar decisiones para superar la condición de uno y crecer? En pocas palabras, ¿qué chiste tiene la enseñanza del superhombre ante el escenario de un eterno retorno?
Vimos que Nietzsche intentó plantear el eterno retorno como un postulado científico, lo que llamamos la interpretación cosmológica, pero hay que ver eso, creo yo, como un gesto retóricos. De la misma manera que Platón planteó su mentira noble para lograr la cohesión necesaria para la república, Nietzsche plantea el eterno retorno como una ilusión o mentira también, pero más noble incluso que la de Platón porque su finalidad es provocar una afirmación de este mundo y esta vida. Aunque parezca contraintuitivo plantear una interpretación determinista del tiempo para lograr esa afirmación, tiene una buena razón para hacerlo. A diferencia del platonismo y del cristianismo, el eterno retorno no cuenta con ningún telos, ningún fin normado por ideas o dioses. Al eliminar toda teleología del cosmos, el cosmos que el eterno retorno describe carece de cualquier fin o sentido. Y es sólo en ese marco que es posible un sentido propiamente humano, un sentido que no se descubre o se deduce científica o lógicamente, sino uno que se crea existencialmente con un acto de voluntad. De la misma manera que Nietzsche negaba la moralidad tradicional normada por valores trascendentes para lograr así una existencia más allá del bien y del mal, con el eterno retorno niega la idea de un sentido objetivo para resaltar la necesidad de crear y afirmar un sentido humano para la tierra.
Y aquí es donde llegamos a la idea del eterno retorno como prueba existencial. El profundo nihilismo en el meollo de esta idea puede superarse o negarse sólo por una fuerza espiritual sobrehumano, por una capacidad heroica de afirmación. En una palabra, requiere del superhombre. Regresemos al texto para ver cómo Nietzsche articula todo esto.
Recuerda que Zaratustra está contando a los marineros la visión que tuvo sobre el portón del instante y la naturaleza circular del tiempo. Tras la enunciación de su pensamiento abismal, Zaratustra pasa un tiempo absorbiendo el impacto de lo que ha dicho. De repente se da cuenta que el enano ha desaparecido junto con el portón y todo el escenario anterior. Se encuentra ahora “entre peñascos salvajes, solo y abandonado”. Y por ahí, dice, “lo que vi no lo había visto nunca. Vi a un joven pastor retorciéndose, ahogándose, convulso, con el rostro descompuesto, de cuya boca colgaba una pesada serpiente negra”. Da a entender que el joven estaba dormido cuando se deslizó en su garganta y le mordió, así aferrándose. Zaratustra intenta sacarlo pero en vano. En desesperación, dice “se me escapó un grito: ¡Muerde! ¡Muerde! ¡Arráncale la cabeza! ¡Muerde!” Entre paréntesis, es importante entender que el grito no sale del ego de Zaratustra, de lo que Nietzsche ha llamado la pequeña razón, sino de su gran razón, “de mi horror, mi odio, mi náusea, mi lástima, todas mis cosas buenas y malas gritaban en mi con un solo grito”. La reacción de Zaratustra no es razonada o consciente, sino una expresión integral de todas las fuerzas o voluntades que componen su ser. Luego, Zaratustra dice que “el pastor mordió, tal como se lo aconsejó mi grito; ¡dio un buen mordisco! Lejos de sí escupió la cabeza de la serpiente: – y se puso en pie de un salto. Ya no pastor, ya no hombre – ¡un transfigurado, iluminado, que reía! ¡Oh hermanos míos, oí una risa que no era risa de hombre […] Mi anhelo de esa risa me devora: ¡oh, cómo soporto el vivir aún! ¡Y cómo soportaría el morir ahora!”
Me encanta esa última afirmación porque con ella Nietzsche vuelve a contestar de forma definitiva la famosa sabiduría de Sileno que comenta en su primer libro: El nacimiento de la tragedia. Ahí, este sabio del bosque dice que la vida humana es puro sufrimiento y que lo mejor para el hombre es nunca haber nacido. El segundo mejor es morir pronto. Y ahora, 11 años después en Así habló Zaratustra, dice que no puede imaginar morir ahora. Ha encontrado por fin la fórmula para la afirmación de la vida.
Pero bueno, vamos a ver con calma lo que acaba de pasar con el pastor. Obviamente, al final se transforma en superhombre, pero eso no fue resultado de un discurso que Zaratustra diera donde comunicara una enseñanza al respecto, tal como hizo en el prólogo con la gente del pueblo. La doctrina del superhombre desligada de la del eterno retorno perpetuaría en alguna medida la misma decadencia contra la que Nietzsche lucha porque la abertura del futuro del que la superación y la creación de nuevos valores depende sería precisamente una fuente de venganza contra el tiempo. El superhombre entonces no se distinguiría del revolucionario que vimos en el discurso sobre los grandes acontecimientos.
Por tanto, la enseñanza del eterno retorno es primordial porque es la única que, al aceptarla, elimina esa venganza. Pero ahí hay un problema. ¿Cómo aceptarla? En el texto, Zaratustra dice que la serpiente, que representa esta doctrina, se deslizó en la garganta del pastor mientras dormía. El pastor no la escuchó como uno de sus discípulos sopesándola razonadamente, sino que se despertó a ella atacándolo. Esto a diferencia de la otra famosa serpiente que conocemos, la del Jardín de Edén. Ahí hablaba y razonaba con Eva tras lo cual ella tomó una decisión. Entonces, más que enseñarse, la doctrina del eterno retorno se insinúa culturalmente sobre el tiempo, parecido a la forma en que la idea de la muerte de Dios se ha insinuado en la cultura occidental. Son muy pocos los que de la noche a la mañana dejan de creer en Dios. Más bien uno se encuentra en una cultura donde la idea de Dios ya no tiene tanto peso como antes y se da cuenta que no cree en Dios, lo cual trae implicaciones existenciales con las que quizá tendrá que lidiar. Entonces, dado el peso que la ciencia tiene en la cultura contemporánea, una forma de facilitar la insinuación de la idea del eterno retorno sería plantearla como una hipótesis científica. Quizá por eso vemos los intentos de Nietzsche de justificar su doctrina en esos términos.
En todo caso, lo importante es lo que sucede con la serpiente ya aferrada en la garganta de uno. Hay sólo dos posibilidades: o te mata o tú le matas. Esta lucha no es un debate, no es algo que puede resolverse con un ejercicio de la razón, sino sólo con un acto de la voluntad. Lo que necesita el pastor no es inteligencia, sino valor, y en esto es apoyado por la elevada retórica de Zaratustra. Recuerda que, como prueba existencial, la idea del eterno retorno no distingue simplemente los que son superhombres de los que no, sino que efectúa la transformación de uno en superhombre. Como Sócrates actuaba como partero, dialécticamente apoyando a su interlocutor para que produjera conocimiento, Zaratustra apoya existencialmente, retóricamente facilitando en el pastor la relación de fuerzas y voluntades que termina en una potente expresión espiritual de su voluntad de poder. Es esa sensación de poder y afirmación lo que le lleva a morder la cabeza de la serpiente y escupirla.
Al leer esto del pastor y la serpiente, no puedo evitar pensar en el héroe nórdico Siegfrido, especialmente en la opera de Wagner, donde mata al dragón y luego ingesta la sangre del dragón para recibir su poder. En ese momento se transforma y oye la canción de la naturaleza; trasciende su mera humanidad para alinearse con los poderes de la naturaleza, de la propia vida.
Entonces, al morder la cabeza de la serpiente, el pastor transformado pasa por el portón del instante, dejando el espacio filosófico esotérico y pasando a la dimensión histórica y exotérica, al flujo de tiempo en el que actuamos y creamos. Aunque la creación de nuevos valores parece espontáneo y sui generis, es una ilusión, una mentira noble que oculta el hecho de que sigamos exactamente iguales debido al eterno retorno de lo mismo. Sin embargo, sí hay un cambio. Lo que retorna eternamente es cuantitativamente lo mismo, pero alguien que se haya transformado como el pastor lo experimenta de una forma cualitativamente distinta, ya no como un lastre que no se puede remediar, sino como parte del gran misterio de la vida que en su conjunto ha producido el extraordinario milagro de su vida aquí y ahora.
La transformación de uno en superhombre no produce una persona fuerte, musculosa, capaz de volar en el cielo y hacer otras hazañas de ese tipo, sino un niño, como vimos en el discurso sobre las tres transformaciones. El superpoder con el que cuenta el niño es su inocencia, su percepción cualitativamente limpia, no vengativa. En el vídeo anterior, dije que esta transformación psicológica extendiéndose a cada vez más personas y sobre el tiempo cambiaría la cultura decadente en un futuro más luminoso y positivo. Pero si el eterno retorno es real, eso no sería posible, de modo que me quedo al final con una duda que siempre he tenido sobre esta doctrina de Nietzsche. Si el eterno retorno es real, entonces nada cambia y actuamos bajo la ilusión de superación y espontaneidad. Si no es real y es sólo un truco retórico, entonces igual actuamos bajo la ilusión de superación y espontaneidad, pero el futuro sí cambia positivamente. La verdad, no tengo manera de saber cual fue la intención de Nietzsche, pero supongo que no importa porque a fin de cuentas, en las dos versiones, lo que se elimina es la venganza contra el tiempo pasado.
En el texto, Zaratustra pregunta a los marineros: ¿Quién es ese pastor en el que se metió la serpiente? Obviamente, es Zaratustra mismo, pero el Zaratustra del futuro ya que lo que nos cuenta aquí fue una visión. La visión la tuvo en el pasado. En el presente, cuenta esa visión a los marineros. Lo que falta es el futuro. ¿Se hará realidad la visión? ¿Se convertirá Zaratustra en superhombre? Eso lo veremos en el próximo vídeo.

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5 Comments

  1. Luis · 15/06/2017 Responder

    Gracias Darin!

  2. Victor Sevy · 21/06/2017 Responder

    Yo comparto esta inquietud sobre el determinismo que se aparentemente se desprende de la doctrina del eterno retorno. Hasta el momento, la única manera que se me ocurre para salir de ella es considerando que nunca sabemos si estamos dentro de un de los infinitos ciclos o, posiblemente, al principio de ellos. En esta última posibilidad tendría sentido la sentencia de Nietzsche en la que dice algo así como “vive tu vida de manera tal que si alguien te preguntara si estarías dispuesto a vivirla de una manera exactamente igual a como la has vivido, pudieras contestar que sí”
    Saludos y gracias por difundir el conocimiento

  3. Eduardo · 01/07/2017 Responder

    Felicitaciones ! Creo que esta entrega supera todos los objetivos que en general tienen los videos(pedagógicos, históricos,de contexto) ….se acerca a algo artístico ,es como si fuera el guión de una obra súper compleja de realizar….. y mi admiración por tu idioma adquirido, increíble!

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