Para terminar el año, una reflexión sobre los títulos de libros de filosofía, mi encuentro con Sócrates en Guadalajara, un sabático para el intelecto, libros gratis, y un regalo por abrir.
Donativos con tarjeta de crédito: https://ko-fi.com/lafondafilosofica
Donativos depósito bancario: Banorte; CLABE 072840008940049751; Darin Michael McNabb
Música de la intro: La canción se llama “Ambience Musettienne” del album Simply Musette de Alexa Sage.
Música de la outro: ZAPATEADITO OAXAQUEÑO II . Arodi Martinez S. https://www.youtube.com/watch?v=qIcnUTBSOfw
Uno de mis compositores favoritos es un estadounidense que se llama Aaron Copland. Sus más conocidas obras son Appalachian Spring, Fanfare for the Common Man, y Rodeo. Son obras hermosas que recomiendo mucho que escuchen. Ahora, lo que me interesa de Copland en el contexto de este vídeo no son estas obras como tal, sino los nombres que les da. Son nombres propios que además son muy descriptivos. Por ejemplo, Appalachian Spring evoca el ambiente y las emociones de la primavera en la región de los Apalache en Estados Unidos. En el mundo de la música clásica encontramos muchos ejemplos de obras con títulos descriptivos. Está Prokóvief con su Pedro y el lobo, Stravinsky con su Pájaro de fuego, y Silvestre Revueltas con La noche de los maya.
Sin embargo, lo más común es algo así como la Sinfonía #4 en sol mayor de Gustav Mahler, o el Concierto para violín no. 1, op. 6 de Paganini. La música clásica está llena de sinfonías, conciertos, cuartetos, sonatas y otros géneros que se distinguen no con nombres propios sino con números – 1, 2, 3, etc. Se distinguen también con la clave en la que la pieza se compone y, como en el ejemplo del concierto de Paganini, con un número “opus” que la casa editorial que publica la música tiende a colocar. ¿No sería interesante que obras filosóficas se llamaran de la misma manera? En vez de sinfonías y conciertos, en filosofía hay temáticas como lógica, ética, metafísica, epistemología. Y en vez de claves musicales hay ciertos marcos o modos de interpretación, digamos, fenomenológico, analítico, trascendental, dialéctico, etc. Así que podríamos tener como título “Obra de epistemología analítica no. 2, o Obra de metafísica dialéctica, no. 3”.
¿Qué pasaría si los filósofos empezaran a nombrar sus pensamientos como los músicos? Una consecuencia sería que uno ya no estaría atraído a uno libro por su título sino por el renombre de su autor. Uno no se pone quisquilloso con Beethoven o Mozart; ya conoce varias obras suyas y si se topa con una nueva, con gusto la escucha. Lo mismo pasa con Kant. Mozart es un gran compositor de sonidos; Kant un gran compositor de ideas. No todo lo que escribió está en el mismo nivel – hay obras más geniales e importantes que otras – pero en general puedes confiar en que la experiencia de leer a Kant va a ser muy provechosa.
Una obra musical te hace sentir de cierta manera, es estética. Lo que preguntamos de una pieza musical es si produjo en uno placer estético. Una obra de filosofía te hace pensar de cierta manera. De una pieza filosófica yo al menos pregunto no si es verdadera sino si me hizo pensar, si logró poner en tela de juicio mis esquemas conceptuales. Una buena obra de filosofía logra hacer eso, y al menos en mi caso produce no sólo placer estético sino un estado de consciencia que no es científico sino propiamente filosófico.
Bueno, volviendo al tema, imagínate encontrar en el estante de la librería un título como Obra de epistemología analítica no. 2. No es tan descabellado. Muchas de las obras de Aristóteles son así, es decir, se llaman por su género: La poética, La retórica, La política, La metafísica. La gran obra de Spinoza es simplemente La ética. Y está el caso de Wittgenstein: Tractatus logico-philosophicus, e Investigaciones filosóficas. Este último ha de ser el título más genérico posible, o sea, cualquier libro de filosofía va a contener investigaciones filosóficas. Si lo lees, no lo lees por el título sino por el autor. De forma muy humilde, agrego a esta lista de ilustres unas obras mías. La que estás escuchando ahora mismo se llama Anotando Ando, #7. El título no te dice casi nada; si lo estás viendo es porque me conoces, porque te han gustado otras obras mías. No digo que sea una gran sinfonía ni tampoco una importante obra metafísica, sin embargo, en ella las preguntas que hago son mías, y me gusta cómo suenan porque han surgido de mi experiencia, y si te hacen pensar un poco, pues algo de valor tendrá.
Pasando a otra anotación, estuve en Guadalajara hace poco. Me habían invitado a dar unas conferencias en el marco del Día Mundial de la Filosofía. Di una conferencia en el ITESO (una universidad Jesuita), en la facultad de filosofía de la UdG, y en el centro cultural Tantuyo. Hablé de la inteligencia artificial y de mi propuesta de una filosofía artesanal frente a ella, al menos lo que llevo trabajado hasta ahora. Creo que a los tres públicos les gustaron mis charlas y sé que a mí me sirvió mucho socializar mis ideas para irlas puliendo y mejorando.
Pero lo que más me sirvió fue una charla que di en la Feria del Libro Antiguo y Usado. No fue la famosa Feria del Libro de Guadalajara – eso tuvo lugar una semana después de que volviera a casa. La que me tocó tuvo lugar en alguna parte del centro histórico sobre la banqueta alrededor de un edificio. Una de las calles aledañas estaba cerrada al tráfico pero no a los peatones. Ahí habían erigido una carpa con sillas y un escenario y ahí es donde me tocó presentar mi nuevo libro sobre Deleuze. Aquí me ven hablando en un vídeo que tomaron de la charla, pero eso es lo de menos – lo que quiero que vean es el público. Aquí en esta toma se puede apreciar, pero quiero regresar un poco para señalar una persona en particular. Aquí, este señor sentado en primera fila. No se ve muy bien, y si amplifico la imagen se pixela mucho – ni modo. Era un hombre viejo, muy moreno, con la cara arrugada y a su lado sus pertenencias apiladas en una cosa con ruedas para irlo transportando. Desde luego, no había llegado para escuchar la presentación sino que pasó por esa calle justo antes de que empezara yo a hablar y, viendo una silla en la sombra, aprovechó para sentarse y descansar un rato.
Empecé a hablar y pronto me di cuenta que el hombre viejo estaba mirándome fijamente. Los demás me estaban viendo también pero este señor me tenía en la mira, sus ojos muy abiertos, la atención puesta. Desde luego, me sacó de onda. El señor no decía nada, no me hizo ninguna pregunta, sólo me miraba, pero la mirada comunicaba mucho. Es como si me dijera: “Y eso que dice usted – no lo entiendo, ¿de qué me sirve? Al menos lo que los políticos dicen y prometen lo entiendo, aun cuando sean mentiras”. A lo mejor el señor no pensaba esas cosas, sin embargo las sentía. Ese entorno en que me encontraba, bajo la carpa en medio de la calle con gente pasando por un lado y conversaciones entre libreros y clientes por el otro, todo eso era lo mas cercano que he llegado como filósofo a un ágora. No me encontraba en un aula universitaria con un público cautivo ya formado y preparado para recibir y comentar mi discurso. No, estaba en el mundo real, en el ágora, y ese señor en primera fila era Sócrates, cuestionando con su mirada mi rebuscado discurso. De inmediato traté de aterrizar mis palabras a contextos y ejemplos comunes. Empecé a hablar de la imagen de la portada, de ese muro peruano que había fotografiado y cómo su construcción ejemplifica las ideas de Deleuze. Más o menos me salvé pero al final estaba sudando; sólo quería bajarme del escenario y refugiarme de la mirada de ese señor. La única otra vez que me sentía tan incómodo era en la defensa de mi tesis doctoral.
¿Cuál es la moraleja de todo esto? ¿Que lo que los filósofos académicos escriben debería ser relevante y entendible para un público general? Pues, quizá un poco, no estaría del todo mal. Sin embargo, reconozco que todo campo del saber tiene un vocabulario técnico y un grado de dificultad que tienen su razón de ser; no se debe esperar que todo se reduzca a la comprensión de una persona normal de la calle. Sin embargo, es notable que casi cualquiera puede leer los diálogos de Platón y entender lo que Sócrates está diciendo. En el diálogo La apología, tras ser condenado a muerte, Sócrates hace una contrapropuesta de castigo. Dado el bien que ha hecho para sus compañeros atenienses, su incesante intento de convencerlos de ser la mejor persona posible, afirmó que merecía ser mantenido por el Estado, recibir, pues, una pensión. Como sabemos, el jurado no hizo caso a la propuesta de Sócrates. Creo que una bonita manera de redimir ese crimen sería que la ciudad de Guadalajara implementara un programa donde los filósofos académicos en sus diversas universidades, antes de publicar un artículo, lo expusiera públicamente, y que buscara a ese viejito y que le ofreciera una pensión con la única condición siendo que se sentara en primera fila a escucharlo. Si el académico puede llegar al final sin sudar y con una consciencia clara, pues adelante, que lo publique. De vez en cuando, sin embargo, creo que estará inspirado a bajar un poco la pedantería.
No debo ser tan duro con los académicos, pues yo era uno de ellos y sé la presión que sienten por publicar – publicar o perecer, como quien dice. A lo largo de los años en la academia oía a colegas decir “Qué bien que vienen vacaciones de Navidad, ya que podré trabajar en ese artículo o empezar ese libro que quiero escribir”. Confieso que yo a veces pensaba lo mismo. Que triste que no se puede simplemente disfrutar ese tiempo con seres queridos y descansar. Pues, si no lo pueden hacer en Navidad, al menos pueden, al cabo de 6 años, solicitar un año sabático. La palabra ‘sabático’ se deriva de la palabra ‘sábado’ lo cual es el sexto día de la semana civil, pero en la semana religiosa cristiana es el séptimo día. Tras el arduo trabajo de la creación del mundo en seis días, Dios descansó el séptimo día. ‘Sábado’ viene del hebreo “shabat” que significa reposo. Para algunos la semana laboral es de 5 días, para muchos es de 6 días, pero para todos se supone que debe haber un día de descanso, al menos para que el cuerpo regenere sus fuerzas. En nuestro mundo con tantas cosas que hacer, no son muchos los que pueden realmente gozar de un día de descanso. En todo caso, nuestra cultura no ve con buenos ojos un día de descanso total – eso es improductivo.
La cultura académica tampoco lo ve con buenos ojos. Las dos veces que yo solicité un año sabático tuve que entregar un plan de trabajo e indicar el producto a entregar al cabo del año. La primera vez me quejé y le dije al encargado del departamento correspondiente que se trataba de un año de descanso para recargar pilas. Estaba a punto de contarle la etimología de la palabra sabático pero su mirada de burócrata me dijo que sería inútil. Esta cuestión de un descanso no sólo era para los judíos y luego los cristianos, una cuestión espiritual o religioso, sino que se manifestaba incluso en la agricultura. En el mundo antiguo, cada siete años se dejaba el campo sin sembrarse; tenía que estar durante un año en un estado de desuso para que sus nutrientes se repusieran. Si se seguía forzando la tierra a producir durante 10 ó 15 años, llegaría a agotarse. Lo mismo pasa con el espíritu humano. Para que sea fértil, la mente, como la tierra, debe periódicamente relajarse, dejar de producir para poder recibir. Cada noche al dormir entramos al mundo del sueño que es una necesidad no sólo biológica, para que el cuerpo se repare, sino también psicológica. Quien sabe si Freud con su teoría del sueño y el inconsciente tenga razón, pero cierto es que con tres días sin dormir uno empieza a alucinar y a mostrar síntomas psicóticas.
Bueno, el intelecto también requiere de su descanso para que se repare o mejor dicho para que se renueve o se regenere. Debe ser precisamente improductivo durante un tiempo, hundido en la penumbra del mundo, en esa dimensión de infinitas perspectivas y conexiones que no se piensan sino que se sienten de una forma misteriosa. Al cabo de seis años la psique está cansada, quiere vacaciones para reponer su energía. El intelecto también está cansado, pero en el mismo sentido que la tierra puede llegar a cansarse. Lo que este último requiere es reponer los nutrientes. Por cuestiones económicas, la agricultura industrial trabaja la monocultura, es decir, la siembra de un solo cultivo, como el maíz o el trigo. A lo largo de los años, los nutrientes que ese cultivo necesita se va agotando porque no se siembra mas que ese cultivo, lo cual, además, reduce la variedad de microorganismos, hongos, e insectos necesarios para una tierra robusta y saludable.
En el caso del intelecto, encontramos en buena medida la monocultura también. A lo largo de los años uno va trabajando un solo cultivo, o sea, un solo tema, lo cual va agotando los nutrientes de la tierra conceptual. ¿De qué manera? Los nutrientes del intelecto no son nitrógeno, fósforo, y potasio, sino la capacidad de unir una cosa con otra, o sea, establecer relaciones conceptuales. Al hacer esto de una sola forma durante mucho tiempo, el intelecto pierde su fecundidad, su capacidad de generar nuevos e inesperados conocimientos. En pocas palabras, está cansado. Lo que necesita no es producir más, como quiere la administración universitaria, sino producir menos, de hecho no producir nada. Es más. El descanso propio del intelecto no consiste en no hacer nada sino en activamente desaprender. Esa palabra la tomo de Roland Barthes, el conocido filósofo y semiótico francés. En la lección inaugural que dictó al ser aceptado como miembro del College de France, dijo algo que me llamó la atención.
Dijo: “Ingreso en una vita nuova, marcada hoy por este sitio nuevo, esta nueva hospitalidad. Intento pues dejarme llevar por la fuerza de toda vida viviente: el olvido. Hay una edad en la que se enseña lo que se sabe: pero inmediatamente viene otra en la que se enseña lo que no se sabe: eso se llama investigar. Quizás ahora arribe la edad de otra experiencia: la de desaprender, de dejar trabajar a la recomposición imprevisible que el olvido impone a la sedimentación de los saberes, de las culturas, de las creencias que uno ha atravesado”.
Al principio, no estaba muy seguro qué quería decir con eso de olvidar. ¿El olvido que efectúa la recomposición de los saberes es resultado de un esfuerzo humano, de una intención? ¿Puede uno olvidar de forma voluntaria? ¿O se trata del olvido biológico que la vejez trae? Ninguna de las opciones me resulta factible o atractiva. Pensándolo, llegué a la conclusión de que lo que se olvida no son conocimientos necesariamente, sino la actitud epistémica que les guardamos. A ver, me explico. La raíz de la palabra ‘aprender’ es ‘agarrar’ o ‘atrapar’, de modo que ‘desaprender’ significaría soltar o al menos aflojar el agarre que la forma de relacionar las cosas, es decir, nuestros hábitos de inferencia, tiene sobre nosotros. En pocas palabras, se trata de volatizar nuestro conocimiento para que flote todo en una matriz de nuevas perspectivas, de nuevas posibilidades de conexión o, como dice Barthes, a una recomposición de los saberes sedimentados.
Como último, les cuento que hace un par de semanas llegó el cartero de Correos de México para entregarme dos paquetes. Uno fue del Fondo de Cultura Económica y contenía seis ejemplares de mi libro sobre Peirce. No había ninguna nota, sólo los libros, entonces supongo que me los obsequiaron por la reciente reimpresión de mi libro. A mí no me hacen falta ya que tengo mi propia copia. Podría intentar venderlos, pero es Navidad, hay que regalarlos. Así que, quisiera regalarlos a seis jóvenes estudiantes de filosofía, pero sólo si estás en México – es que enviarlo fuera del país, a Argentina o España, me resultaría demasiado costoso. Entonces, si eres estudiante de filosofía en México ve a mi sitio lafondafilosofica.com. En la página principal encontrarás un botón de contacto. Hazle click y escríbeme explicando por qué te interesaría leer sobre la filosofía de Peirce. El 15 de enero elegiré los ganadores.
Bueno, el segundo paquete que el cartero me entregó fue de mi hermana, y contenía este regalo! La verdad, no recuerdo la última vez que recibí un regalo de Navidad. Los regalos de Navidad tienden a ser para los niños, pero les aseguro que en mi corazón habita un niño que nunca creció y que está muy emocionado por tener este regalo. Vamos a ver qué es! . . .
Dije que no recordaba la última vez que había recibido un regalo de Navidad. Bueno, un regalo físico envuelto con todo y moño, no recuerdo. Pero debo decirles que la hermosa comunidad de los comensales de la Fonda es un regalo que me llega todos los días – con los comentarios, los correos, los donativos que me llegan de vez en cuando, la gente que a veces me reconoce en la calle y que me saludan con mucho afecto, y el selfie que tomamos. Es puro regalo, y yo? un super afortunado. No me queda más que agradecerles y desearles muy felices fiestas!
Música de la intro: La canción se llama “Ambience Musettienne” del album Simply Musette de Alexa Sage.
Música de la outro: ZAPATEADITO OAXAQUEÑO II . Arodi Martinez S. https://www.youtube.com/watch?v=qIcnUTBSOfw
Felicidades, Maestro!
Ojalá algún día visite nuestra tierra.
Abrazo
¿Cuál es tu tierra?
Excelente exposición Darin
Saludos de Álvaro Lobo desde Medellín
Gracias Álvaro
Felices Navidades, Darin.
Como siempre, un placer escucharle (justo hacía días que buscaba esta cita de Barthes, ha sido un regalo).
Gracias y que la Navidad le encuentre un descanso a cobijo del frío.
Ah que bueno!
Querido profesor Darin, como siempre es un placer escucharle. Que buena experiencia la de haber dado su charla en el ágora y que buena reflexión. Gracias por todo su trabajo, siempre me deja reflexionando y ese tono ha cambiado mi cotidianidad. Lindo ver a su niño emocionado, muy tierno, gracias por compartir eso también. La ternura, el amor son herramientas imprescindibles en estos tiempos.
Tenga felices fiestas, usted y los suyos. También a todos los miembros de esta comunidad. Gracias todos.
Saludos
Zobeida Guzman. Caracas, Venezuela.
Muchas gracias Zobeida 😊
Joven Darin, no te imaginas (¿por qué negamos la capacidad de imaginar a las otras personas? ofrezco una disculpa) corrijo, imagina el placer que significa para mi el poder leer tus anotaciones y guiones que compartes generosamente con nosotros, te lo agradeceré eternamente; ahora dime, si se puede saber, qué fue lo que te regaló tu hermana.
Recibe mi admiración y respeto
Jajaj, unos audífonos de la marca JBL (que me hacían falta)
Agradezco la respuesta y hago un comentario: he tenido la oportunidad de escuchar las obras de Aaron Copland que mencionas y me parecen magníficas, aunque no puedo evitar pensar que para mí el número uno es el Maestro Juan Sebastián Bach que propicia que me eleve a otros niveles como ninguno y mas cuando lo interpreta Glenn Gould, para volverse cuerdo.