¿Será que la filosofía no sirva de nada?

Hoy una reflexión sobre el ocio y los efectos que su negación tiene en la experiencia de pensar.

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Música de la intro: La canción se llama “Ambience Musettienne” del album Simply Musette de Alexa Sage.

Música de la outro: ZAPATEADITO OAXAQUEÑO II . Arodi Martinez S. https://www.youtube.com/watch?v=qIcnUTBSOfw

Guión

No sé si te has dado cuenta, pero tiene más de dos meses que no subo un nuevo vídeo a la Fonda, lo cual ya es bastante tiempo. De hecho, ya han empezado a escribirme – Maestro donde está? tiempo sin verlo, todo bien? Sí, de hecho, todo muy bien. Estoy en la recta final de mi libro sobre la filosofía artesanal y estoy muy contento con como todo está articulándose y tomando forma. Entonces, para terminar el libro no quería distracciones y por eso no he hecho vídeos últimamente. Sin embargo, como dice el refrán – todo con medida, y dije a ver si puedo elaborar un guión en un solo día. Bueno, si estuviera usando la inteligencia artificial lo podría hacer en 10 minutos, ¿verdad? Pero ya saben, aquí en la Fonda nunca van a ver algo elaborado por IA. De hecho, la IA es otra razón por la que no he subido nada. Es que, últimamente, navegando en internet, viendo vídeos sobre los avances de la IA, he percibido una aceleración en su uso y una correspondiente sensación de desesperación por parte de muchos que crean contenido en YouTube y otras plataformas. Los mismos influencers sienten la presión de hacer más y más porque ya están saliendo canales de influencers que son hechos totalmente con IA y son muy pero muy realistas. En inglés tienen un acrónimo que se ha convertido en palabra, a saber, FOMO, que significa “fear of missing out”, o sea, miedo de no aprovechar algo a tiempo. Los que son de los primeros en usar y aprovechar un nuevo algo, como la IA, van a llevar ventaja sobre los que vienen después, entonces, por miedo a quedarse atrás, por miedo a perder una oportunidad, cada vez más personas adoptan esa nueva cosa y así se acelera y se vuelve loco y ese es el ambiente que siento últimamente, y mi reacción, mi instinto, ante el imperativo de actuar, es hacer el contrario, es decir, pararme, no hacer nada. Pero si no hago nada entonces otros canales nuevos hechos con IA van a robar mis suscritores, y voy a quedarme atrás.
Bueno, esa es la lógica, la cual rechazo rotundamente. Dado que no voy a usar la IA para hacer mis vídeos, no tiene caso que caiga en el vorágine del FOMO. Entonces, ¿qué será el futuro de la Fonda? He estado aprovechando estos últimos dos meses para pensarlo, y resulta que todo el trabajo que he hecho sobre la filosofía artesanal me está dando la respuesta. Se podría decir que en estos meses me he preguntado: En un mundo de IA, ¿de qué sirve la Fonda Filosófica? Esa pregunta es una versión o iteración de la pregunta mucho más amplia de ¿de qué sirve la filosofía? Reflexionando sobre esta última, espero responder de alguna manera la mía sobre el proyecto de la Fonda.
En los últimos años en conferencias o pláticas sobre filosofía he oído a ponentes preguntar retóricamente ¿de qué sirve la filosofía? Tras una breve pausa, acerca tantito la cara hacia el público y, abriendo un poco más los ojos, dice: “No sirve de nada”. Jaja, me da un poco de risa porque lo dice medio dramático esperando que el público lo tome como algo profundo, casi como si fuera un koan Zen. Por un lado, parece que la filosofía sirve para muchas cosas. Sirve para conseguir un trabajo como maestro de filosofía, y también para convocar conferencias como aquella en la que hace su pronunciamiento aforístico. Sirve para criticar, desmitificar, desenmascarar, como muchos filósofos han hecho con ella. En su libro Nietzsche y la filosofía, Gilles Deleuze aborda esta pregunta directamente. Dice: “Cuando alguien pregunta para qué sirve la filosofía, la respuesta debe ser agresiva ya que la pregunta se tiene por irónica y mordaz. La filosofía no sirve ni al Estado ni a la Iglesia, que tienen otras preocupaciones. No sirve a ningún poder establecido. La filosofía sirve para entristecer. Una filosofía que no entristece o no contraría a nadie no es una filosofía. Sirve para detestar la estupidez, hace de la estupidez una cosa vergonzosa”. Bueno, no dice que no sirve de nada, sino que sirve para entristecer. Podría hacer una larga lista de cómo importantes filósofos han respondido esta pregunta.
Sin embargo, decir que la filosofía no sirve de nada tiene algo de verdad; expresa una idea importante. Lo que quiere decir, quizá, es que la filosofía no sea un medio, es decir, algo que hacemos para lograr otra cosa. Un taxi es un medio que sirve para transportarnos. No nos interesa el taxi realmente; lo que nos interesa es llegar a donde queremos ir. Un cuchillo igual, sirve para picar vegetales. Y mil cosas más en la vida, menos, entre otras cosas, la filosofía. Aun cuando la filosofía puede servir para conseguir una chamba, lo que nos interesa principalmente es la actividad filosófica. La chamba sin ella no tendría sentido. Decir que la filosofía no sirve de nada quizá sea otra forma de decir que la actividad de filosofar es el fin mismo, es su propia recompensa. ¿Cuál es esa recompensa? Es como preguntar ¿por qué tomas un café con un bueno amigo? Para charlar y convivir. Sin duda, la conversación sirve para que nos enteremos del chisme, de las cosas que está pasando en la vida del amigo, y otras cosas. Sin embargo, no utilizamos o instrumentalizamos la conversación para esos fines. El convivio con el amigo es lo que principalmente nos interesa. ¿Por qué? Porque constituye parte del buen vivir. Las otras cosas son añadiduras. Todo esto de medios y fines lo encontramos en los primeros párrafos de La ética Nicómaco de Aristóteles.
Entonces, la afirmación de que la filosofía no sirve de nada quiera decir quizá que filosofamos no como medio sino como fin, un fin que en última instancia no es algo distinto del filosofar mismo.
Hoy en día, cuando un joven dice a sus padres que quiere estudiar filosofía, la reacción más común es tristeza y preocupación. “Mi’jo, ¿qué vas a hacer con la filosofía, de qué sirve? – ¡vas a morir de hambre!” En cierto sentido los papás tienen razón, es muy difícil ganarse la vida con la filosofía. En el mundo antiguo, esta discusión entre padres y hijos nunca se daba porque la mera supervivencia para la gran mayoría implicaba un trabajo duro todo el día. Los únicos que podían darse el lujo de hacer preguntas extrañas era una pequeña elite de gente adinerada, gente que no tenía que trabajar como la gran mayoría y que por tanto tenía ocio. En griego, la palabra para ‘ocio’ es ’scholê’. Una persona que dispone de ocio, que no tiene que trabajar, es una persona libre que puede disponer de su tiempo como quiera. Para los antiguos griegos, la forma más digna y noble de ocupar ese tiempo era con el estudio (ya que ejerce lo que para Aristóteles nos es propia – la racionalidad). La palabra ‘escuela’ viene de la palabra scholê porque el ocio o scholê llegó a asociarse con el estudio y eventualmente con el lugar donde uno estudiaba – la escuela.
Varios siglos después en el mundo romano vemos que la situación no ha cambiado mucho. La filosofía no es para todos sino para una elite que goza de ocio, palabra por cierto que viene del latín – otium. Aunque la elite romana gozaba de otium, eso no significa que todo su tiempo era tiempo libre en que podían contemplar su ombligo. Como explica el filósofo Raymond Geuss, aun cuando un hombre de la elite romana no trabajara en el campo sudando como las masas, sí tenía ocupaciones, principalmente la política (administrar una ciudad, o proseguir una guerra), trabajo profesional como leyes o cuestiones bancarias, o el comercio. Estando ocupados en estas actividades no gozaban de ocio porque sus acciones y las decisiones que tomaban estaban regidas por metas y factores externos que se imponían sobre ellos. El latín tiene una palabra que describe esta dimensión de la vida. Si otium es ocio, negotium es su contrario, la negación de ocio. No sólo los romanos tenían una palabra para ello sin nosotros también, una que se deriva precisamente de negotium. ¿Cuál es? Negocio! Si haces negocio no tienes ocio porque estás ocupado haciendo cosas. De hecho, en inglés, ‘negocio’ es ‘business’, palabra cuya raíz es ‘busy’. Cuando estás busy, estás ocupado.
La esfera de negotium es la esfera de lo público. Uno tiene responsabilidades, tareas, tiene que responder las necesidades de ciudadanos o clientes. Los estímulos que suscitan sus acciones vienen fuera de ti. La esfera de otium en cambio es la esfera de lo privado. Se trata de la intimidad de la casa en la que uno convive con amigos, lee literatura, reflexiona, y en general hace cosas que cultivan el yo. En la esfera del negotium las actividades de uno tienden a ser medios que buscan algún fin, por ejemplo un triunfo en el campo de batalla o ganancia en el negocio. Cuando uno goza de otium, las actividades mismas son el fin – la charla con amigos, la lectura de una novela.
Raymond Geuss discute esta distinción entre otium y negotium en un ensayo sobre Michel de Montaigne. La vida de Montaigne reflejaba la de un antiguo romano aristócrata. Durante muchos años trabajaba como magistrado y también en la corte francesa en cuestiones de política y diplomacia. Luego, a los 38 años de edad, se retiró de la vida pública, del negotium, y se encerró en su chateau, en la torre donde tenía su biblioteca, y en ese espacio de otium empezó a escribir sus famosos ensayos. Uno de esos ensayos se llama precisamente ‘ocio’. En el, utiliza una metáfora agrícola para distinguir estas dos etapas de su vida. La etapa de actividad pública o negotium la compara con un campo labrado o una jardín cultivado. La etapa privada de otium la compara con un campo en barbecho, sin atender o cultivar.
Es muy interesante esta distinción. En la última oración de su novela Cándido, Voltaire dice famosamente: “Hay que cultivar nuestro jardín”. Es una afirmación muy interpretada, pero básicamente quiere decir que podemos cambiar y mejorar el mundo no mediante grandes esquemas y proyectos políticos abstractos (lo cual correspondería a la esfera de negotium), sino al cultivar a nosotros mismos, a nuestras virtudes y carácter (lo cual tiene que ver más con la esfera de otium).
Lo interesante es que Montaigne no utiliza la metáfora de esa manera. No se trata de cultivar el yo, sino de dejarlo en barbecho. Sea que cultivamos un negocio o un jardín, hacemos cosas para facilitar y aumentar aquello que buscamos, sea ganancia o vegetales. Cultivar un jardín por ejemplo implica arar la tierra con un azadón, sembrar, quitar hierbas, etc. El jardinero hace estas cosas por que tiene una meta en mente, algo que quiere lograr, sea comer una ensalada o vender jitomates. Por lo tanto, estas actividades sirven de algo, son útiles. Para Montaigne, lo que hace en la esfera del otium no está regido por esta estructura teleológica de fines y metas. Convivir con amigos no es una actividad que se mide con criterios externos como éxito en la venta. No tiene ninguna meta que lo rija. La conversación convivial es, como dijimos antes, su propia recompensa. Se podría decir que uno “cultiva” la amistad de esta manera, sin embargo, no obedece ninguna regla. Dice Geuss que la esfera del otium es un espacio en el que la actividad es libre, sin estructura, no controlada, espontánea, y potencialmente salvaje; las cosas que suceden ahí simplemente surgen como los temas cambiantes que se discuten en una conversación relajada entre amigos, como la forma en que plantas brotan de repente en un terreno dejado en barbecho, o hierbas brotan en un jardín no cultivado.
La mente del jardinero que cultiva su jardín actúa de acuerdo con un fin. Ésta es la mentalidad del negociante en el especio del negotium. La mente que goza de otium, en cambio, no tiene la necesidad de actuar, de estar ‘busy’, de conformarse a alguna meta establecida. Está en descanso, digamos, porque los criterios de éxito en el mundo de negotium no aplican aquí.
Lo que hace que la forma literaria del ensayo que Montaigne inventó sea tan revolucionaria y fascinante es que el objeto de su reflexión es sí mismo, no sí mismo como hombre en general sino como el individuo Michel de Montaigne, así que no hubo ninguna regla, ningún formalismo lógico, que pudo aplicar para producir e hilar sus ideas sobre su experiencia porque por definición las reglas son generales y Montaigne el individuo es singular. Es como lo que Husserl mucho tiempo después trató de hacer con la descripción fenomenológica y Freud con la asociación libre, trabajar en una esfera de otium conceptual sin imponer nada para que las cosas hablaran por sí mismas.
Bueno, creo que ahora podemos entender con mayor provecho nuestra afirmación de que la filosofía no sirve de nada. En la Edad Media la filosofía se consideraba una sierva de la teología, servía para alcanzar los fines de la teología. Seguramente hay teólogos hoy en día, e incluso algunos filósofos, que piensan que eso está bien. Sin embargo, para la gran mayoría de los filósofos, la filosofía debe ser libre y autónomo, no debería estar al servicio de ninguna otra cosa, ni al Estado ni a la Iglesia como decía Deleuze. ¿Por qué? Porque si se deja regir por algún fin ajeno, inevitablemente surge la pregunta ¿por qué ese fin? ¿por qué no algún otro? Hay algo en nosotros que no queda contento con algo dogmáticamente planteado o aceptado. Preguntamos por su porqué. Esa pregunta, desde luego, es filosófica. Si la filosofía sirve de algo, entonces se lleva a cabo en la esfera del negotium, pero si por su inquietud la filosofía se niega a dejar cosas sin cuestionar, si pregunta por esas metas, expectativas y demás por las que está siendo utilizada para alcanzar, entonces va extrayéndose de esa esfera para encontrarse en la esfera de otium donde ninguna utilidad rige su actividad. Debo aclarar que no se trata de fines únicamente políticos o religiosos, sino también por expectativas conceptuales, las reglas del pensamiento. Volviendo a Husserl, eso es precisamente lo que pretendía con su famoso epojé, a saber, dejar de un lado toda presuposición no sólo sobre el mundo sino sobre nuestra manera de conocerlo, toda regla y procedimiento cognitivo, y simplemente describir el fenómeno.
Así tenemos, entonces, la gran importancia del otium o ocio para la filosofía. Ocio, sin duda, en el sentido de tener tiempo libre para reflexionar de esta manera. O sea, si trabajas todo el día y llegas a casa a comer y luego dormir, pues no vas a poder hacer filosofía. Pero ocio también en el sentido de estar libre de fines, reglas, exigencias, y demás. Este ocio es la condición de que la filosofía se haga de forma libre y autónoma, y esto nos parece bien.
Sin embargo, la gran mayoría de nosotros que amamos la sabiduría no somos aristócratas romanas que gozan de ocio, ni siquiera somos un Michel de Montaigne. La gran mayoría de los filósofos profesionales hoy en día no iniciaron su vida filosófica en condiciones de ocio, sino en condiciones de necesidad. Es decir, uno no parte del ocio sino de la necesidad de trabajar. Uno da muchas horas de clase, a la vez que cursa programas de estudio para subir su nivel académico, y algún día, si tiene suerte, consigue una plaza de tiempo completo. Ahora sí es libre; ahora sí tiene ocio y puede dedicarse al estudio filosófico.
Si te das cuenta, el estudio filosófico y su condición, el ocio, se han invertido. Antiguamente, el ocio permitía que uno estudiara; ahora, uno se dedica al estudio, es decir, al mundo académico de clases y trabajo, para alcanzar el ocio. Si el ocio es el medio y el estudio es el fin, hoy en día el fin se ha convertido en medio, y la libertad en esclavitud. Hoy en día, la condición de la filosofía no es el ocio sino el neg-ocio o el negotium. La torre en la que Montaigne de forma ociosa hacía sus reflexiones se ha convertido en una torre de marfil, en una institución que condiciona la práctica filosófica con un sinnúmero de metas, indicadores, y políticas de eficiencia y innovación que terminan instrumentalizando la filosofía, convirtiéndola en un medio, en una sierva.
Al cabo de esta reflexión, volvemos a mi pregunta inicial: En un mundo de IA, ¿de qué sirve la Fonda Filosófica? Hace unos años cuando salió el ChatGPT hice un vídeo que se llama “Sócrates y el ChatGPT” donde predije que en unos tres años habría canales de filosofía, canales sobre todo tema, hechos totalmente con IA. Ya estamos en esa realidad, ya existen. Y pregunté ¿Qué valor podría tener la Fonda dado esa capacidad de la IA? y respondí que un posible valor sería que uno viendo mis vídeos (que no son hechos de ninguna manera con IA) podría inspirarse – podría decir “El Mtro. Darin es un ser humano como yo y logró entender todo ese tema, entonces a lo mejor yo también podría”. Viendo un vídeo hecho por IA, no podría inspirarse de esa forma. En esta era de la IA, el imperativo del oráculo de Delfos – conócete a ti mismo – cobra más importancia que nunca. La inteligencia artificial nos puede dar información sobre infinidad de cosas, menos de nosotros mismos. Para ello, necesitamos otium, no sólo tiempo libre sino, y quizá más importante, una disposición que rechace todo concepto de ser productivo y eficiente, desenchufarnos de todo aquello en nosotros que puede ser medido, contado, y modulado por un algoritmo. O sea, ser inútiles, como una tierra en barbecho en la que por nuestra sorpresa crecen plantas y hierbas de forma natural, o al menos, no en función de los mil y un fines que claman nuestra atención.
De hecho, ahora que lo pienso, la razón por la que he tardado tanto en escribir mi libro sobre la filosofía artesanal es que al salir del mundo académico me encontraba con la pregunta de qué significa pensar, hacer filosofía, fuera de la academia, entonces me di cuenta que tenía que dejar mi mente en barbecho, eliminar de ella todas las reglas y procedimientos que un tratado académico impondría, para que nuevas ideas surgieran fuera de esas establecidas ranuras académicas. Lo interesante es que para descubrir qué significa lo artesanal, tenía que escribir el libro, pero sin tener una idea previa. Casi siempre lo que sucede es que el autor sabe lo que quiere escribir, lo tiene organizado en su cabeza, y lo plasma ordenadamente en el libro. ¿Pero cómo escribir un libro sobre un tema que desconoces? Bueno, empecé a escribir básicamente en blanco, escribiendo ocurrencias, citas de autores, cosas sobre mi experiencia en la academia – una miscelánea pues. Y al mismo tiempo estaba observando lo que hacía, cómo estaban surgiendo las ideas, y las cosas empezaron a tomar cierta forma. Quisiera pensar que en ese espacio de otium experimenté un poco lo que Montaigne experimentaba al escribir sus ensayos. Hablando de los Ensayos de Montaigne, el filósofo Costica Bradatan ha comentado: “Puede que encontremos en otra parte algunos contenidos del libro, pero lo que ocurre en este libro no se encuentra en ningún otro sitio”. Lo que ocurre en ese libro es algo que la inteligencia artificial no puede reproducir porque es algo hecho en primera persona, una persona conociendo a sí mismo. Y yo creo que ése es el sentido que tendrá la Fonda Filosófica de ahora en adelante. Un toque definitivamente más ocioso y personal, más artesanal pues.

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Música de la intro: La canción se llama “Ambience Musettienne” del album Simply Musette de Alexa Sage.

Música de la outro:  ZAPATEADITO OAXAQUEÑO II . Arodi Martinez S.  https://www.youtube.com/watch?v=qIcnUTBSOfw

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