Lo artesanal, lo industrial, lo artificial: diferencias y semejanzas desde la semiótica de Peirce

Hoy vemos cómo la taxonomía peirceana de relaciones triádicas puede dar cuenta de las semejanzas y diferencias entre la inteligencia artificial, la filosofía académica, y mi propuesta de una filosofía artesanal.

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Música de la intro: La canción se llama “Ambience Musettienne” del album Simply Musette de Alexa Sage.

Música de la outro: ZAPATEADITO OAXAQUEÑO II . Arodi Martinez S. https://www.youtube.com/watch?v=qIcnUTBSOfw

Guión

Tengo una buena noticia – ya terminé mi libro sobre la filosofía artesanal. Bueno, ya tengo el borrador, lo cual he dado a unos 5 ó 6 colegas para saber su opinión, sus críticas, observaciones, sugerencias, etc. Mientras tanto, he estado trabajando en formatear todas las notas al pie, la bibliografía – todo ese lado burocrático del texto, por así decirlo. Espero de aquí a un mes tener ya el texto final listo para el corrector de estilo y luego la editorial. ¡Estoy muy emocionado!
El título que he trabajado desde un inicio es “La filosofía artesanal” lo cual me gusta bastante. Pero hace poco se me ocurrió otro quizá más llamativo: “La inteligencia artesanal: una IA alternativa”. ¿Qué tal? Sin duda tiene mucha mercadotecnia, pues todo el mundo hoy en día está pensando en la inteligencia artificial y cuestionándola. Sin embargo, la frase “inteligencia artesanal” suena demasiado a eso de la “inteligencia emocional” que estuvo en boga hace varios años. La verdad, nunca leí ese libro de Daniel Goleman, pero se me hace que al hablar de la inteligencia como tal, que su concepto se aplicaba a la amplia gama de la experiencia humana. No dudo que el concepto de lo artesanal también podría plantearse de esa manera, sin embargo, mi interés era mucho más acotado, a saber, mi experiencia haciendo filosofía fuera de la academia. Sin duda, ser inteligente y hacer filosofía tienen que ver el uno con el otro, hay puntos de coincidencia, pero también diferencias. En fin, decidí quedarme con la frase “filosofía artesanal”.
En todo caso, en varios puntos del libro hablo de la inteligencia artificial. Por un lado, soy muy crítico de la IA; se me hace una tecnología sumamente peligrosa para la humanidad, ni hablar para la academia. Por el otro lado, me ha caído como el anillo al dedo para la elaboración de mi libro. El binomio rector de mi argumento es artesanal-industrial. Llamo mi experiencia de pensar fuera de la academia “artesanal”, y como consecuencia asocio el pensar dentro de la academia, en términos general, con lo industrial. La inteligencia artificial me ha servido mucho porque lleva el pensamiento académico a un extremo lógico, lo cual me ha permitido ilustrar y esclarecer los defectos de la academia.
Entonces, tenemos la filosofía artesanal, la filosofía académica-industrial, y la inteligencia artificial, y con esto llegamos al punto de este vídeo. Es que se me ocurrió una muy buena manera de conceptualizar las diferencias entre estos tres. Para ello, acudo a Charles Sanders Peirce y su esquema categorial. Hace muchos años hice un vídeo sobre este tema, pero para resumir, en vez de ocuparse con la naturaleza de cosas o substancias como se ha hecho tradicionalmente en filosofía, Peirce se interesa por las clases de relaciones que las cosas pueden guardar. Hay tres clases o categorías: la primeridad, la segundidad, y la terceridad en las que, respectivamente, se dan relaciones monádicas, diádicas, y triádicas. Esta última es la que nos va a interesar, pero vemos primero las primeras dos.
Una relación monádica es la relación que algo guarda consigo mismo. Cuando consideramos algo en sí mismo, estamos considerando sus caracteres monádicos. Si algo guarda una relación con otra cosa, esa relación es diádica porque son dos cosas en relación. Ahora, las relaciones monádicas pueden darse de una sola forma, pero las diádicas y las triádicas pueden darse de dos formas, de manera genuina y de manera degenerada. Veamos el siguiente ejemplo de una relación diádica: “Un hombre es el padre de su hijo”. Hay dos términos en relación aquí – padre e hijo – y la relación que guardan entre sí es genuina. ¿Por qué? Porque ninguno de los dos términos puede darse independientemente del otro. El hombre tiene la propiedad de ser un padre, pero eso puede darse sólo si hay un hijo. De igual manera, la propiedad de ser un hijo no puede darse en ausencia de un padre. Como dice Peirce: “aunque la segundidad es un hecho de complejidad, no es un compuesto de dos hechos. Es un solo hecho sobre dos objetos”. Esta afirmación es importante. Una relación diádica genuina constituye un solo hecho; de modo que, si cualquiera de los relatos se eliminara, el otro no podría darse y sería imposible afirmar el hecho en cuestión.
Una relación degenerada, en cambio, es simplemente la conjunción de dos hechos independientes. Hay un buen ejemplo en mi propio libro. En la introducción digo: “Mientras escribía este libro, me di cuenta de que Jean-Paul Sartre y yo tenemos algo en común, a saber, encontramos nuestros respectivos caminos en la filosofía con la ayuda del alcohol”. ¿De qué manera? Pues como les había comentado en otro vídeo, hace tiempo estuve tomando cerveza con unas amigos en un lugar que hace su propia cerveza. Al tomarla, que fue bien rica, se me ocurrió de repente la idea de que me encantaría hacer filosofía como ellos hacen la cerveza, o sea, de forma artesanal. Así nació mi idea de una filosofía artesanal. Y como cuenta Simone de Beauvoir en su autobiografía, ella, Sartre y su amigo Raymond Aron salieron a tomar unos tragos. Aron, quien estaba estudiando Husserl, señaló un cóctel sobre la mesa y le dijo a Sartre: “Si eres un fenomenólogo, puedes hablar sobre ese cóctel, y eso es filosofía”. De Beauvoir dice que Sartre se emocionó mucho. Bueno, es mucho preámbulo pero así les adelanto un poco del texto de mi libro. Así que tenemos la afirmación: “Jean-Paul Sartre y yo tenemos algo en común, a saber, encontramos nuestros respectivos caminos en la filosofía con la ayuda del alcohol”. Ésta es una relación diádica porque se trata de dos cosas, Sartre y yo, que guardan una relación de semejanza. Sin embargo, no es genuina sino degenerada. ¿Por qué? Recuerda que si eliminamos uno de los relatos de una relación genuina, el otro relato no puede darse. De la relación de parentesco entre padre y hijo, si eliminamos el hijo, no puede haber padre, y vice versa. En el caso de Sartre y yo, si eliminamos a Sartre, si Sartre jamás hubiera vivido, eso no afectaría en lo más mínimo el hecho de que yo encontré un nuevo camino en la filosofía con el alcohol, tomando esa cerveza. La diferencia entre una relación genuina y una degenerada es que la degenerada está compuesta de dos hechos separados, ninguno de los cuales depende del otro para ser lo que es, mientras que la relación genuina es un solo hecho – si quitas uno de los elementos, el otro cae también.
Entonces, las relaciones diádicas tienen una forma genuina y una degenerada. Como éstas, las relaciones triádicas cuentan también con una forma genuina pero se distinguen de las diádicas al contar con dos formas degeneradas. Veamos primero un ejemplo de una relación triádica genuina. El ejemplo que Peirce da es el de dar o regalar algo a alguien más. A da B a C, digamos Mario da un libro a Celia. Por un lado, vemos tres cosas relacionándose, entonces tenemos una relación triádica. Sin embargo, para ver claramente el carácter genuino de esta relación, lo que hace que sea un solo hecho y no una combinación de hechos aislados, no basta fijarnos en los objetos relacionados sino en las diversas relaciones que guardan entre sí. O sea, en vez de decir que tenemos A, B, y C, hay que notar las relaciones A–B, B–C, y A–C, es decir, Mario da el libro, Celia recibe el libro, y luego la relación entre Mario y Celia la cual consiste en la intención de Mario de regalarle el libro a Celia. La necesaria conexión entre estas tres relaciones es lo que lo hace un solo hecho, lo que lo hace genuino, cosa que se constata si eliminamos una de esas relaciones. Imagínate que Mario pone el libro sobre la mesa y luego se va de la casa y tiempo después llega Celia, ve el libro, lo recoge y lo pone junto con sus otros libros en su recamara. Aquí hemos expresado las relaciones de A–B y la de B–C mas no aquella entre A–C. La pregunta es si estas dos serían suficientes para expresar el acto de dar. Obviamente no. Comenta Peirce: “La mera transferencia de un objeto que A suelta y C recoge no constituye un acto de dar. Tiene que haber una transferencia de posesión, y la posesión es una cuestión de Ley, un hecho intelectual”. Fíjate que lo que le interesa a Peirce en este ejemplo no es el objeto (B) que A da a C sino el tipo de relación que rige la transferencia. El acto de dar para Peirce no puede reducirse a dos díadas (A–B y B–C en nuestro ejemplo) porque semejante descripción hace caso omiso de la intención de dar y del elemento general del derecho de posesión que implica. Por ello, la relación que rige la transferencia debe ser triádica. C tiene B no porque simplemente lo recogió o porque lo robó (relaciones diádicas) sino porque A lo permitió, transfirió la posesión, como dice Peirce, cosa que no es ningún objeto particular sino algo de carácter general, mediador.
En una relación diádica hay dos objetos particulares que se relacionan de forma bruta y no inteligible. Por ejemplo, vas caminando en la calle, das la vuelta en una esquina y chocas de repente con otra persona. Ese acontecimiento es bruto y particular, nada predecible. Igual la mutación de un gen en el proceso de reproducción, es producto del azar. Durante una buena parte de su vida Peirce trabajó como científico en una instancia del gobierno de EU. No sólo hacía ciencia sino que preguntaba filosóficamente qué es lo que permite que conozcamos el mundo, que podamos predecir los acontecimientos, que muestren regularidad. La respuesta es las leyes de la naturaleza. Una ley, como la de la gravitación, media entre dos cosas, digamos, una piedra y su conducta sobre el tiempo al soltarla. La ley determina que la piedra se conduce de cierta forma.
El punto es que esa mediación es característico de la relación triádica, y es lo que hace falta en el escenario donde Mario deja el libro y Celia luego lo recoge. Este escenario es un ejemplo de una relación triádica degenerada. Lo que tenemos son dos díadas, dos hechos separados, que se juntan, lo cual superficialmente describe lo que sucede, describe que el libro llega a estar en las manos de Celia, pero no expresa el acto de darlo, no es genuinamente triádico. Como comentamos, las relaciones triádicas admiten de dos formas degeneradas. La primera, que acabamos de ver, es la conjunción de dos díadas. La segunda es la conjunción de tres mónadas, tres hechos distintos. Nuevamente, su degeneración consiste en el hecho de que los elementos no se suponen entre sí. Eliminar uno de ellos no afecta a los otros, mientras que en una relación triádica genuina la eliminación de uno de los elementos hace que la relación entre los otros dos no tenga un carácter general.
Casi estamos listos para ver qué tiene que ver todo eso con la filosofía artesanal, la filosofía académica, y la inteligencia artificial. Sólo falta que apliquemos lo visto hasta ahora a los signos, ya que la filosofía y la inteligencia humana en general se llevan a cabo en un entorno sígnico.
Bien, los procesos sígnicos para Peirce son triádicos, constan de tres elementos. Está el signo mismo, el objeto, y lo que Peirce llama técnicamente el interpretante, pero que por conveniencia podemos entender como la interpretación. Como ejemplo, el signo podría ser ‘nubes oscuras’; su objeto sería ‘lluvia’, y la interpretación, el efecto que esa relación entre signo y objeto tiene, podría ser el concepto de lluvia que produce en nuestra mente. Para Peirce, el interpretante es un nuevo signo del objeto.
Ahora, lo que los actos de dar y de significar tienen en común es que implican una relación de determinación. El libro llega a las manos de Celia no por accidente, no por azar, sino que está determinado a llegar ahí por la intención de Mario. En el caso del signo, el significado de las nubes oscuras no se da de forma aleatoria. Pueden significar lluvia sólo en el contexto de una determinación, es decir, el significado no flota por ahí en el éter como una idea platónica sino que se da sólo al ser determinado para algo, para un intérprete. Así que, la relación diádica signo-objeto es insuficiente, tiene que haber un interpretante. Tampoco basta la relación signo-interpretante, es decir, una persona interpreta el signo. Más bien la persona interpreta el signo como el objeto. Un signo es genuino cuando la relación entre los elementos es triádica, es decir, cuando el signo representa un objeto para un interpretante. Quitas cualquiera de los elementos y no hay significación.
Resumamos nuestra taxonomía de relaciones triádicas. Están las genuinas que expresan un solo hecho. Sus componentes son íntegros; si se elimina uno, los otros dos no pueden funcionar. Luego están lo que podríamos llamar las degeneradas de primer orden. Estas relaciones son triádicas pero expresan dos hechos aislados; consisten en la conjunción de dos relaciones diádicas. Como últimos están las degeneradas de segundo orden que expresan tres hechos aislados, es decir, son la conjunción de tres relaciones monádicas.
Ahora sí podemos llegar al meollo de mi argumento. Tenemos la filosofía artesanal, la filosofía académica/industrial, y la inteligencia artificial. Lo que sostengo es que podemos entender la naturaleza de estos tres, y las diferencias que guardan entre sí, al clasificarlos de acuerdo con nuestra taxonomía. La filosofía artesanal es una relación triádica genuina, la filosofía industrial es una relación triádica degenerada de primer orden, y la inteligencia artificial es una relación triádica degenerada de segundo orden.
En estos tres casos conocimiento está generándose. En términos de la semiótica de Peirce, signos se utilizan para generar nuevos signos, los interpretantes, los cuales, se espera, van afinando nuestra concepción del objeto, acercándonos así a la verdad. Debería contarles una cosa más sobre los signos en Peirce. Los nuevos signos, o interpretantes, que van generándose son de tres clases. La primera es el interpretante emocional. Imagínate un músico que siente ciertas emociones, tiene ideas musicales en su cabeza que quiere expresar. Ese es el objeto. El signo de ese objeto es la canción que compone. Y el interpretante es el estado emocional creado en ti cuando vas a escucharlo tocar. Luego está el interpretante energético, una acción singular que el signo produce, por ejemplo, parar el coche en un semáforo en rojo. Y la tercera clase de interpretante es el interpretante lógico que no es una emoción ni una acción sino un pensamiento, algo de orden conceptual y por tanto general. Lo que me interesa es el interpretante emocional. Dice Peirce: “El primer efecto significativo de un signo es un sentimiento que produce. Casi siempre hay un sentimiento que llegamos a interpretar como evidencia que comprendemos el efecto propio del signo. . . Si un signo produce algún efecto significativo adicional, lo hará por la mediación del interpretante emocional”.
Esta última idea es la que me interesa. Lo que implica es que todo signo, sea una sinfonía de Beethoven, un semáforo en rojo, o las palabras que componen argumento filosófico, genera en primera instancia un sentimiento, un tono emocional. Si el signo pasa a desarrollar otros efectos, por ejemplo conceptuales, lo hará por la mediación de esa carga afectiva inicial. Ese sentimiento actúa como una base para el desarrollo, vinculando los diferentes aspectos del proceso sígnico de modo que los nuevos signos o interpretantes que se desarrollan emergen orgánicamente de lo anterior. Haciendo eco de eso, John Dewey, en su libro El arte como experiencia, habla del estado de equilibrio en el que nos encontramos con nuestro entorno. Ese equilibrio se siente, produce una cualidad afectiva. Cuando de repente nuestras creencias no son suficientes para mantener ese equilibrio, entramos en duda y tenemos que pensar para cambiar las creencias. El punto es que la ruptura con el entorno, el desequilibrio, es primordialmente una ruptura en esa cualidad afectiva que sentimos. Restaurar el equilibrio con el entorno significa restaurar esa cualidad emocional. Nos guía pues en el proceso intelectivo. Dewey dice que esa cualidad emocional/estética es “un motivo significativo para emprender una investigación intelectual y para hacerla honestamente”.
A la luz de esas palabras de Peirce y Dewey, veo que no podría haber mejor palabra que ‘artesanal’ para llamar el buen pensar, ya que ahí vemos las palabras ‘arte’ y ‘sana’. Yo sé que ‘sana’ ahí no viene del verbo ‘sanar’, sin embargo, me hace pensar en ello. Pensamos para subsanar una situación parcial o incompleta de nuestras creencias, y para ello juega un papel importante la experiencia estética o afectiva de los sentimientos. La filosofía artesanal piensa con signos relacionados entre sí de forma triádica y genuina porque los elementos que componen su desarrollo emergen de una base afectiva, el interpretante emocional, que ha sido determinado de forma íntegra por el signo y el objeto. La generación posterior de interpretantes adicionales se basará en el, en su tono cualitativo, lo cual actuará como una especie de timón – gracias al cual el pensamiento se hace de forma honesta, como dice Dewey.
Mucho de lo que pasa por trabajo académico hoy en día es deshonesto porque carece de esa cualidad. Carece de ella porque lo que motiva la “investigación” no es una ruptura con el entorno intelectual, sino el imperativo de publicar para avanzar la carrera de uno. De esta manera, muchos trabajos son cliché, refritos que se realizan de forma mecánica. Si uno es honesto consigo mismo, se da cuenta de eso, se siente. ¿Qué es lo que se siente? Precisamente la falta de esa cualidad, una miscelánea sin ritmo y dirección que no culmina redondeada por una cualidad estética, sino que simplemente cesa de forma apática. Asocio la filosofía académica-industrial con las relaciones triádicas degeneradas de primer orden, o sea, una relación compuesta de dos díadas, como cuando Mario deja el libro sobre la mesa (primera díada) y Celia posteriormente lo recoge (segunda díada). Aquí hay tres elementos, sin embargo, expresan dos hechos distintos, no uno solo. Lo importante es que las dos díadas tienen a su base dos tonos cualitativos distintos, de modo que el desarrollo posterior de signos o interpretantes adicionales no será en función de una sola cualidad sino una miscelánea. Esto no significa que sea necesariamente falso, sólo que signos desarrollados de esta manera son más susceptibles de despistarse.
Lo que digo aquí es una caracterización muy general. Como digo en mi libro, la academia no es mala de por sí, sino sólo peligrosa. Por presiones institucionales, sociales y económicas, el avance del pensamiento sigue una dinámica no íntegra sino fragmentada, lo cual logra aparentar un desarrollo triádico, sin embargo es engañoso.
Y así llegamos a la inteligencia artificial, la cual asocio con relaciones triádicas degeneradas de segundo orden, es decir, relaciones compuestas de puras mónadas. A primera vista, esto podría verse como un equívoco ya que la IA es perfectamente capaz de hilar oración tras oración de signos relacionados entre sí de forma triádicamente genuina. Y también de hilar signos de forma degenerada de primer orden como acabo de describir. Obviamente, esa capacidad se deriva de la obra del ser humano, de signos que éste ha hilado y plasmado históricamente y de los que la IA ha aprendido. Lo que produce es un reflejo de lo que el ser humano ha producido. Entonces, si la diferencia no estriba en el producto, debe encontrarse en el procedimiento. ¿Cómo procede la IA? Palabra por palabra, haciendo cálculos de probabilidad con mónadas y juntándolas una tras otra en relaciones triádicas que formalmente son genuinas porque expresan un solo hecho, pero que sustantivamente son huecas, producidas de forma mecánica y no orgánica. Lo que en el fondo distingue al ser humano de la IA es el sentir. En el caso ideal, el interpretante o nuevo signo que el ser humano produce no es un elemento ajeno que se agrega de forma azarosa, sino que procede de la naturaleza de la relación entre el signo y el objeto, y su primer efecto es una cualidad que se siente, una cualidad que indica precisamente esa procedencia y a partir de la cual se desarrollan nuevos signos. Esa dinámica, guiada por un timón afectivo, es lo que asocio con la filosofía artesanal, una dinámica que tiende a desmoronarse en cierto grado en la filosofía académica/industrial por factores que detallo en el libro. Llegando a la IA, esa dinámica desaparece por completo, sustituida por una simulación.
Bueno, así a grosso modo podrían entenderse las diferencias entre estos fenómenos. Haría falta un análisis más a fondo, pero estas ideas de Peirce me parecen muy sugerentes. Espero no sólo que les haya parecido interesante sino también que les haya despertado mayor interés en mi libro que espero muy pronto sale publicado.

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Música de la intro: La canción se llama “Ambience Musettienne” del album Simply Musette de Alexa Sage.

Música de la outro:  ZAPATEADITO OAXAQUEÑO II . Arodi Martinez S.  https://www.youtube.com/watch?v=qIcnUTBSOfw

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