Hoy empezamos una serie sobre el pensamiento de Henri Bergson, empezando con su primer libro Los datos inmediatos de la conciencia en el que introduce su célebre idea del tiempo como duración.
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Música de la intro: La canción se llama “Ambience Musettienne” del album Simply Musette de Alexa Sage.
Música de la outro: ZAPATEADITO OAXAQUEÑO II . Arodi Martinez S. https://www.youtube.com/watch?v=qIcnUTBSOfw
Hace poco recibí un correo que decía:
“Hola equipo de La Fonda Filosófica. ¿Qué pasaría si, en lugar de publicar algunos clips por semana, el contenido de La Fonda Filosófica apareciera hasta 100 veces por día? Cada podcast, entrevista o stream contiene decenas de momentos con potencial. El problema es que la mayoría nunca se publica y termina muriendo dentro del contenido largo”.
Resulta que este servicio abre hasta 20 cuentas en Tik Tok, Instagram y demás, cuentas asociadas con tu podcast principal, y las inundan con los microclips que generan de tu contenido principal con la esperanza de que uno de ellos se vuelva viral. Volví a leer el correo con algo de asombro, con la boca abierta, y terminé riéndome, y luego casi con ganas de llorar porque esto es la inexorable consecuencia de la economía de la atención, la atomización de la consciencia en trocitos emocionales y el consecuente embrutecimiento de la inteligencia.
Dice “si, en lugar de publicar algunos clips por semana”. Ellos claramente no conocen la Fonda Filosófica. Yo no publico clips sino episodios de media hora, y no dos por semana sino, últimamente, ¡uno cada dos meses! Lo que está en cuestión aquí es el tema del tiempo. Para la economía de la atención, un episodio de media hora con frecuencia bimestral es sumamente ineficiente. Hay que exprimirle más valor del tiempo, recortarlo para quepa más contenido capaz de atrapar la atención.
Esto hace una profunda violencia a la inteligencia y a la experiencia humana en general, y me di cuenta que el filósofo indicado para hacer frente a esta insensatez es Henri Bergson. Imagínate que vas a hacer galletas. Haces la masa, la untas sobre la barra de la cocina, y tomas el molde redondo con el que vas a recortar las galletas, y vas recortando. Ahora, si el molde fuera cuadrado, podrías recortar toda la masa sin excedente, pero las galletas tienen que ser redondas, entonces el molde va a dejar trozos de masa entre los recortes. Claro, podrías juntar ese excedente, volver a untarlo y repetir el proceso hasta acabar con todo, pero eso es ineficiente. Al parecer, la única opción para eficientar el proceso es hacer el molde más pequeño; así se reduce el excedente. Entre más pequeño, pues, mejor –el extremo lógico siendo un molde que fuera dimensionalmente un punto, como los pixeles. Comer una galleta del tamaño de un pixel? No, y tampoco ver un clip de filosofía de tres segundos.
Pero ésta es la lógica del correo que me mandaron, en vez de dos clips por semana, 100 al día, reduciendo la duración cada vez más de la misma manera que se reduce el tamaño del molde. Acabo de decir la palabra ‘duración’ pero Bergson me corregiría – nuestra manera de concebir el tiempo, la concepción del tiempo que maneja el mundo digital, no es una duración sino un agregado de puntos atómicos. El gran aporte de Bergson consiste en mostrarnos que el tiempo no es como la masa, no es algo que podemos entender con características tomadas de objetos extendidos en el espacio, como la divisibilidad, por ejemplo. Pensar el tiempo como un fenómeno espacial es un error que ha dado paso a las paradojas de Zenón en la antigüedad, hasta la ingeniería psicosocial de las redes sociales en la actualidad.
Ah, y además ha posibilitado argumentos a favor del determinismo, o sea, en contra del libre albedrío. Hace unos años salió un libro del neurocientífico Robert Sapolsky que en inglés se llama “Determined: a Science of Life without Free Will”. Al español lo han traducido como “Decidido: un ciencia de la vida sin libre albedrío”. Ha sacado de onda a mucha gente porque su argumento parece irrefutable. De hecho, varios me han escrito para saber mi opinión. Bueno, Bergson nos puede ayudar a responder ese tipo de argumento ya que descansa sobre el mismo error que acabo de señalar.
Entonces, volviendo al correo que me llegó, obviamente no contraté su servicio, pero sí pensé responder el correo para agradecerles ya que fueron la inspiración de hacer esta serie de vídeos sobre Bergson. Sin embargo, no lo hice porque sabía que respondería un chatbot que no entendería la ironía.
El libro que vamos a leer se llama Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia, que de hecho fue la tesis doctoral de Bergson que logró publicar en 1889. Hay un dato curioso sobre este libro. Hace poco me topé con una entrevista que la revista Playboy le hizo a Jean-Paul Sartre en 1965. En alguna parte le preguntan cómo llegó a saber qué quería hacer con su vida. Sartre respondió: “A los 16 años deseaba ser novelista. Sin embargo, para inscribirme en la ècole Normale Supérieure tenía que estudiar filosofía. Mi ambición era ser un profesor de literatura. Luego, me topé con un libro de Henri Bergson en el que describe de manera concreta cómo el tiempo se experimenta en la mente de uno. Reconocí la verdad de eso en mí mismo”. Tiempo después descubrió a Husserl y la fenomenología lo cual le puso en camino a escribir El ser y la nada, pero fue Bergson quien encendió la chispa filosófica en Sartre. Como puedes adivinar, el libro de Bergson que leyó fue Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia.
Ahora bien, si te interesa saber la naturaleza de rocas o planetas, de células o nubes, procedes de acuerdo con el método científico: haces mediciones del fenómeno, expresas esas cantidades en ecuaciones matemáticas, formulas hipótesis que luego pruebas en experimentos, y mides los resultados. ¿Y si te interesa saber la naturaleza de la conciencia humana? Pues haces lo mismo. Eso al menos fue la idea dominante en el entorno académico en que se encontraba Bergson. Tiempo atrás, Auguste Comte había planteado el positivismo, lo cual pretendía extender los métodos de las ciencias naturales a las ciencias humanas. Con base en las ideas de Comte, gente como Wilhelm Wundt y Gustav Fechner desarrollaron la psicología experimental. En el primer capítulo, Bergson hace referencia a ellos, llamándolos ‘psicofísicos’ – un término bastante apto porque son investigadores que aplican la metodología científica de la física al fenómeno psíquico. Un físico que estudia los astros es un astrofísico; un físico que estudia la psique humana es un psicofísico. Hoy en día, el término psicofísico ha sido sustituido por ’neurocientífico’. Es un nuevo nombre, pero en esencia hacen la misma cosa, a saber, miden la psique. De hecho, fue Fechner quien desarrolló lo que se llama la psicometría, y eso es una palabra que se usa todavía hoy en día. ¿Alguna vez has solicitado un trabajo y te hacen un examen psicométrico? El examen pretende utilizar las herramientas de la ciencia para sondear y conocer tu personalidad – tu alma pues. La psicometría, la medición y cuantificación de la psique humana, es lo que Bergson pone en tela de juicio en el primer capítulo.
Ok, cuando estudiamos el mundo exterior sabemos cuales son los objetos: nubes, células, planetas, etcétera. Y cuando se estudia el mundo interior, o sea, la conciencia, ¿cuáles son los objetos? No son cosas físicas sino estados psicológicos como sensaciones, sentimientos, emociones, motivaciones, etcétera. Las cosas exteriores, como un libro sobre tu escritorio, tienen magnitud, es decir, ocupan un volumen que puede medirse. En otras palabras, tienen una extensión, son extendidos o extensivos, y gracias a ello pueden compararse – este libro es más grande que éste.
Pasando al mundo interior de la conciencia, los fenómenos que encontramos allí no ocupan volumen, no son extensivos, sino intensivos. Decimos de una luz brillante o un dolor fuerte que son intensos – son intensidades. De la misma manera que decimos que el libro en el mundo exterior tiene cierta magnitud, Bergson comenta que decimos lo mismo de las intensidades internas, que la sensación de la luz o el dolor es una magnitud intensiva. Debido a ello, pensamos que distintas intensidades pueden compararse, que una sea mayor o menor que otra. Tratamos las intensidades como si fueran cosas extendidas en el espacio, sin embargo, como pregunta Bergson: “¿que puede haber de común, desde el punto de vista de la magnitud, entre lo extensivo y lo intensivo, entre lo extenso y lo inextenso?”
A lo largo del primer capítulo habla de diversos estados psicológicos: la tristeza y la esperanza, la sensación estética de la belleza, sentimientos morales, los esfuerzos musculares, emociones violentas como el miedo o la ira, la percepción de placer y dolor, y también la sensación de cosas como el sonido, la presión y la luz. Tomemos lo que dice sobre este último para responder su pregunta sobre el mundo exterior y el interior.
En la siguiente cita, habla de una fuente luminosa y nuestra percepción del color de una superficie que ilumina. Dice: “A medida que la fuente luminosa se acerca, el violeta cobra un tono azulado, el verde tiende al amarillo blanquecino y el rojo al amarillo brillante. Estos cambios de tono han sido notados desde hace cierto tiempo por los físicos; pero lo que es mucho mas notable, a nuestro parecer, es que la mayoría de los hombres no reparen apenas en ellos, a menos que les presten atención o sean advertidos de ellos. Decididos a interpretar los cambios de cualidad como cambios de cantidad, comenzamos por sentar como un principio que todo objeto tiene su color propio, determinado e invariable. Y cuando el tono de los objetos se aproxima al amarillo o al azul, en vez de decir que vemos cambiar su color por el influjo de un aumento o de una disminución de la iluminación, afirmaremos que su color sigue siendo el mismo, pero que nuestra sensación de intensidad luminosa aumenta o disminuye. Sustituimos, pues, una vez más la impresión cualitativa que nuestra conciencia recibe por la interpretación cuantitativa que nuestro entendimiento da de ella”.
Es muy interesante este pasaje, muy interesante cómo el entendimiento humano distorsiona lo que los sentidos perciben. ¿Por qué sucede eso? Bueno, tengamos claro lo que Bergson describe. Lo que tenemos aquí es una relación de causa y efecto. La luz en el mundo exterior es la causa, la cual tiene una intensidad que puede medirse. Un foco de 7 watts, por ejemplo, arroja cierta cantidad de luz. Uno de 15 watts arroja casi el doble. Esta medición numérica nos permite decir que el de 15 watts tiene mayor intensidad o magnitud que el de 7. Por el otro lado, en el mundo interior de la conciencia, está el efecto, la percepción de colores de diferentes tonos en la superficie del objeto que la luz ilumina. Estas sensaciones se sienten, son cualitativas. Entre el foco de 7 watts y el de 15 hay una diferencia de grado, una variabilidad continua de una sola cosa – la luz. En cambio, la diferencia entre verde y naranja es una diferencia de tipo – son dos percepciones cualitativamente distintas. Entonces, tenemos una causa cuantitativa y un efecto cualitativo, sin embargo, el efecto que experimentamos, la percepción que la mayoría tiene, no es cualitativa, es decir, no es la percepción de distintos colores, sino cuantitativa. Como dice Bergson: “En vez de decir que vemos cambiar su color por el influjo de un aumento o de una disminución de la iluminación, afirmaremos que su color sigue siendo el mismo, pero que nuestra sensación de intensidad luminosa aumenta o disminuye”. O sea, reportamos ver digamos un verde más brillante o menos brillante, como los focos de 7 ó 15 watts. Expresamos nuestra experiencia de forma cuantitativa y no cualitativa.
A lo largo del primer capítulo en todos los ejemplos que trata Bergson vemos esta sustitución, la forma en que el entendimiento importa características cuantitativas del mundo exterior a los estados psicológicos del mundo interior. ¿Por qué lo hace? Pues hay que entender que el intelecto humano se desarrolló en un entorno evolutivo que obviamente priorizaba la supervivencia. Tenía que ubicar objetos en el espacio y cuantificarlos (¿ese león está lejos o cerca?), y entender sus relaciones con otros objetos (¿viene hacía mí o hacía el antílope?), y con base en ello comprender relaciones de causa y efecto. En resumen, la función principal del entendimiento es actuar de forma práctica en el mundo en aras de la supervivencia. No extraña entonces que aplica esas características cuantitativas a toda experiencia, incluso a los objetos cualitativos de la conciencia. Sin embargo, esto para Bergson no se vale. Mezclar lo cuantitativo y lo cualitativo es como mezclar agua y aceite. El mundo exterior es como el espacio homogéneo que describen las coordenadas cartesianas donde todo objeto tiene su lugar y su relación con todos los demás objetos puede calcularse matemáticamente. El mundo interior, en cambio, es como una de esas lámparas de lava. Las sensaciones de color y sonido, las emociones, y otras experiencias cualitativas no son objetos aislados que guardan determinadas relaciones calculables entre sí sino que son fenómenos continuos y fluidos que se penetran o se tiñen entre sí.
Da un buen ejemplo de eso. Dice: “Intentemos desentrañar en que consiste una intensidad creciente de alegría o tristeza en los casos excepcionales en que no interviene ningún síntoma físico”. A diferencia del caso anterior de la luz y los colores, una emoción como la alegría o la tristeza no tiene una causa obvia o directa en el mundo exterior, lo cual nos permite analizarlo en sí mismo sin confundir lo que observamos con las características cuantitativas de una causa. Veamos que dice Bergson: “La alegría interior no es . . . un hecho psicológico aislado que ocupe primero un rincón del alma y gane poco a poco mas lugar. En su grado mis bajo, se parece bastante a una orientación de nuestros estados de conciencia hacia el porvenir. Luego, como si esta atracción disminuyera su gravedad, nuestras ideas y nuestras sensaciones se suceden con mayor rapidez; nuestros movimientos no nos cuestan ya el mismo esfuerzo. En fin, en la alegría extrema, nuestras percepciones y nuestros recuerdos adquieren una indefinible cualidad, comparable a un calor o a una luz, algo tan nuevo que en ciertos momentos, experimentamos un asombro a estar vivos. Así, existen muchas formas características de la alegría puramente interior, y otras tantas etapas sucesivas que corresponden a modificaciones cualitativas de la masa de nuestros estados psicológicos. Pero el numero de estados que cada una de esas modificaciones alcanza es mas o menos considerable y, aunque nosotros no los contemos explícitamente, sabemos bien si nuestra alegría penetra todas nuestras impresiones de la jornada, por ejemplo, o si algunas escapan a ella”.
La alegría, dice Bergson, no ocupa un rincón del alma, como si fuera un objeto que ocupara espacio, y que al crecer ocupara más y más espacio. La alegría sí tiende a crecerse, a transformarse, pero no de modo que la alegría que sentimos en un momento posterior sea simplemente la misma alegría del inicio, sólo más intensa. Bergson dice que la transformación de la alegría sobre el tiempo encierra varias “etapas sucesivas que corresponden a modificaciones cualitativas de la masa de nuestros estados psicológicos”. Lo que quiere decir es que la emoción inicial no se encuentra aislada sino en medio de otros estados psicológicos, es decir, pensamientos, sensaciones, recuerdos, etcétera, como si fuera un líquido de cierto color que se inyectara en un vaso de agua. La alegría va penetrando, tiñendo, y modificando esos estados, los cuales a su vez transforman el sentimiento inicial, de modo que la conciencia llega a tomar un tono afectivo que, como Bergson dice en la cita, describimos como ligereza o luz. No es que eso sea la misma alegría inicial, sólo de mayor intensidad o magnitud, sino que es cualitativamente distinta.
Como había comentado, Bergson trata muchos ejemplos en este primer capítulo, pero los dos que hemos visto bastan para entender su argumento básico, a saber, que fenómenos cualitativos no pueden tratarse de forma cuantitativa. Puedo contar cuantas manzanas uso para hacer un pay, pero cuando mi amigo lo prueba no tiene sentido que le pregunte ¿qué tan grande es el sabor? ¿es más grande que el sabor del pay de limón? Estas preguntas no tienen sentido, ya que los fenómenos cualitativos no se miden sino que se sienten. Confundir el uno con el otro es lo que criticaba Bergson en el trabajo de los psicofísicos, cosa que vemos todavía hoy en día en el trabajo de los neurocientíficos quienes tratan de reducir la conciencia al cerebro.
Sin embargo, al negarle un tratamiento cuantitativo, esto no significa que los fenómenos cualitativos sean simples, homogéneos y estáticos. En el ejemplo de la alegría, vimos que los estados psicológicos no sólo se transforman sobre el tiempo, sino que diversos elementos – emociones, recuerdos, sensaciones – inciden en esa transformación, tiñéndose entre sí. Esto no es algo simple y homogéneo, sino lo que Bergson llama una multiplicidad. ¿Qué es una multiplicidad? En el mundo exterior entendemos su naturaleza, a saber, varias cosas relacionadas entre sí en un espacio definido: manzanas en una bolsa, las hojas de un árbol, los libros en un estante. ¿Y una multiplicidad interior? En el texto Bergson dice: “Queda por saber en que consiste [semejante multiplicidad], si se confunde con la del número o si difiere de ésta radicalmente”.
Con esta pregunta Bergson cierra el primer capítulo y pasa al segundo, lo cual se llama “De la multiplicidad de los estados de conciencia: la idea de duración”. En cierto sentido, los diversos estados psicológicos que analiza en el primer capítulo son una abstracción porque los trata en relativo aislamiento los unos de los otros. En el segundo capítulo los trata en su relación entre sí como una multiplicidad. Sigue con su análisis de nuestra tendencia de cuantificar lo cualitativo, sin embargo, lo aborda ahora desde el concepto de número, lo cual le va a permitir esclarecer el sesgo espacial que se insinúa en nuestra forma de tratar las experiencias cualitativas de la conciencia. Lo que sentimos en una sensación no ocupa espacio en el mundo exterior, sino que atañe al mundo interior, lo cual no es espacial sino precisamente temporal. El tiempo es el verdadero tema del segundo capítulo. Todo lo que ha dicho sobre el error de cuantificar lo cualitativo nos prepara para el gran binomio del espacio y el tiempo. Como veremos, el error aquí es tratar el tiempo en términos del espacio, de espacializar el tiempo por así decirlo. Para pensar lo cualitativo de forma no cuantitativa, tenemos que centrarnos en la experiencia del tiempo en sí mismo, un tiempo al margen de parámetros espaciales.
Bueno, Bergson hace un análisis muy interesante de la experiencia de contar, la cual ilustra con un pastor que cuenta sus corderos. Dice Bergson: “Se contará, sin duda, los corderos de un rebaño y se dirá que hay cincuenta de ellos, aunque se distinga a unos de otros y aunque el pastor los reconozca sin dificultad”. Cada cordero es un individuo con diversas características físicas que lo distingue de los demás, pero en el momento de contarlos hacemos abstracción de esas características y los tratamos como idénticos, como unidades equivalentes para sumarse. Sin embargo, dice Bergson, “se tienen que distinguir en algún aspecto, dado que de otra forma se fusionarían en una sola unidad. Supongamos a todos los corderos de un rebaño idénticos entre sí; difieren al menos por el lugar que ocupan en el espacio; si no, no formarían un rebaño”. Con esta importante observación, Bergson identifica el espacio como una condición necesaria de contar. A continuación, Bergson considera la posibilidad de que esa condición sea el tiempo. ¿Cómo sería contar en el tiempo? Dice: “Repetimos cincuenta veces seguidas la imagen de [un solo cordero], y entonces parece que la serie tiene lugar, más que en el espacio, en la duración. No ocurre así sin embargo”. Si el pastor pasara de uno en uno, “aquí hay uno, aquí uno, aquí uno” entonces, como dice Bergson, “no me ocuparé nunca más que de un solo cordero. Para que el numero de ellos vaya creciendo a medida que avanzo, es preciso que yo retenga las imágenes sucesivas y que las yuxtaponga a cada una de las nuevas unidades de las que evoco la idea; ahora bien, es en el espacio en el que una semejante yuxtaposición se opera, y no en la duración pura”. Para que una suma de corderos puede hacerse, cada uno, al ser contado, tiene que permanecer por así decirlo para que sea sumado a los demás, tiene que estar yuxtapuesto junto a los demás. Como dice Bergson: “Es, ciertamente, posible percibir en el tiempo, y solo en el tiempo, una sucesión pura y simple, pero no una adición, es decir, una sucesión que termine en una suma. Pues si una suma se obtiene por la consideración sucesiva de diferentes sumandos, es necesario además que cada uno de esos sumandos permanezca cuando se pase al siguiente y espere, por así decirlo, que se le sume a los otros: ¿cómo habría de esperar si no fuese más que un instante de la duración? Y ¿dónde esperaría si no le localizamos en el espacio? Involuntariamente fijamos en un punto del espacio cada uno de los momentos que contamos, y es solamente con esta condición con la que las unidades abstractas forman una suma”. La experiencia de contar – 1, 2, 3, 4 – encierra sin duda una sucesión de cosas, de unidades, sin embargo, para que esa sucesión dé paso a una suma esa unidades tienen que encontrarse yuxtapuestas de forma simultánea, lo cual no puede hacerse en el tiempo sino sólo en el espacio.
Ahora bien, los 50 corderos del pastor son un claro caso de una multiplicidad. Bergson lo llama una multiplicidad distinta o cuantitativa. Consta de objetos materiales que podemos ver y tocar y que, al ubicarlos en el espacio, contar con números. Como te habrás dado cuenta, el tipo de multiplicidad de los estados interiores de la conciencia no son de ese tipo. Los fenómenos que sentimos no son como corderos; no pertenecen al mundo exterior de las cosas que existen en el espacio. Forman una multiplicidad que podría llamarse cualitativo o, como dice Bergson, una multiplicidad confusa. Esa palabra es interesante. ‘Confuso’ o el verbo ‘confundir’ connota la fusión o fundición de elementos, y así es cómo Bergson ha descrito la sensación de la alegría. Ésta no es una cosa simple que puede crecerse o disminuirse, sino un conjunto fundido de diversos elementos que crece precisamente al fusionarse otros elementos, sean recuerdos, percepciones, o emociones, con la consecuencia de que lo que se siente va cambiando de forma progresiva y cualitativa.
Por cierto, en su libro Proceso y realidad, Whitehead comenta que está endeudado con Bergson y menciona en tres o cuatro partes la forma en que critica la noción tradicional del tiempo como una ilícita espacialización. Bueno, lo que Whitehead describe con mucho detalle es el proceso de prehensión, es decir, el proceso de síntesis de lo que llama una entidad actual. Lo que se sintetiza son precisamente sentimientos, afectos, y el resultado, la entidad actual, es algo absolutamente nuevo, nunca antes visto o experimentado. Para Bergson, la experiencia de la conciencia es muy parecida. Heráclito dijo que nadie se baña en el mismo río dos veces. Pues para Bergson, nadie siente la misma cosa dos veces. Ese helado de fresa que comes que has comprado muchas veces de la misma tienda nunca lo has comido con las experiencias y recuerdos que traes desde la última vez que lo comiste, o habiendo almorzado hace poco la misma comida en la misma situación fisiológica de tu cuerpo. Siempre hay distintas tonalidades y matices que se mezclan, que se funden, con el sabor de ese helado que hace que la experiencia sea distinta, muchas veces ligeramente, a veces muy distinta – como en el caso de la magdalena que come el protagonista del famoso libro de Marcel Proust. Por cierto, Bergson se casó con una prima de Proust. Imagínate que en medio del conteo los corderos del pastor se transformaran, que uno empezara a fusionarse con otro o que uno de repente se dividiera en dos. El conteo sería imposible. Y eso es justo lo que dice Bergson sobre las multiplicidades internas o confusas de la conciencia.
La distinción que hace entre estas dos clases de multiplicidad refleja otra distinción correspondiente: entre la conciencia inmediata y la conciencia reflexiva. El libro que estamos leyendo se llama “Los datos inmediatos de la conciencia”. ¿Cuáles son esos datos? Son cosas como la sensación de alegría o el sabor del helado que acabamos de tratar. Uno está consciente de estos datos de forma afectiva, los siente, y por tanto la relación con ellos es directa o inmediata. El sabor del helado no es algo que infieres o que otro prueba en tu lugar y luego te cuenta como es. Es inmediato. La conciencia reflexiva, en cambio, no es inmediata sino mediata o indirecta, es decir, mediada por un aparato representativo como ecuaciones matemáticas, símbolos lógicos, o el simple lenguaje que nos permiten manipular y hacer abstracción de los datos de la conciencia con la finalidad de pensarlos y a fin de cuenta conocerlos. Los datos de la conciencia inmediata son sentidos, los de la conciencia reflexiva son representados.
Y aquí llegamos a la cuestión del tiempo. Sin embargo, hablando desde mi conciencia reflexiva que concibe el tiempo como una serie de unidades idénticas que dividen una línea homogénea, veo que hemos ocupado un buen trozo de esa línea y que si empezáramos a hablar del tiempo que Bergson plantea, el tiempo como duración, faltaría otro largo trazo, y pues no les quiero cansar. En el próximo vídeo hablamos de su fascinante concepto del tiempo como duración y sus implicaciones para el libre albedrío.
Música de la intro: La canción se llama “Ambience Musettienne” del album Simply Musette de Alexa Sage.
Música de la outro: ZAPATEADITO OAXAQUEÑO II . Arodi Martinez S. https://www.youtube.com/watch?v=qIcnUTBSOfw