Vigilar y castigar: el poder y la subjetividad en Michel Foucault, pt. 3/3

Hoy el biopoder de Foucault, la sociedad del control de Deleuze y algunas reflexiones sobre lo que indican para el futuro.

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Guión

Quería hacer esta lectura de Foucault ahora porque todos estamos preocupados por el futuro, queremos saber cómo será la vida política y social de aquí en adelante como consecuencia de la pandemia de coronavirus. Muchos temen un escenario distópico con mayor vigilancia y control, y bueno, por eso estamos leyendo a Foucault porque esos temas figuran mucho en su pensamiento. Hasta ahora, hemos visto el vínculo entre la vigilancia y una forma de poder o control que Foucault llama disciplinario. De hecho, casi cómo si Foucault escribiera su libro para ilustrar nuestro momento, termina la sección sobre la disciplina citando un reglamento de fines de siglo XVIII que versa sobre las medidas que hay que tomar cuando se declara la peste en una ciudad. Al cabo de una minuciosa descripción de varios párrafos que se parece mucho a las medidas que han tomado Italia y España, China y Nueva York, termina Foucault con esto, dice: “Este espacio cerrado, recortado, vigilado, en todos sus puntos, en el que los individuos están insertos en un lugar fijo, en el que los menores movimientos se hallan controlados, en el que todos los acontecimientos están registrados, en el que un trabajo ininterrumpido de escritura une el centro y la periferia, en el que el poder se ejerce por entero, de acuerdo con una figura jerárquica continua, en el que cada individuo está constantemente localizado, examinado y distribuido entre los vivos, los enfermos y los muertos —todo esto constituye un modelo compacto del dispositivo disciplinario”.
Pareciera que Foucault describe aquí nuestro presente, y por tanto nuestro futuro, pero no es así. Sin duda, todo el punto del libro Vigilar y castigar es mostrar cómo los individuos modernos son creados y controlados por el poder disciplinario, un poder que caracteriza en buena parte el mundo en que vivimos hoy en día. Sin embargo, ese mundo no es él que Foucault describe en la cita. Ahí lo que vemos es la descripción de un caso límite, el caso de una ciudad y su población bajo la amenaza de la peste. Con ayuda de ese reglamento del siglo XVIII, Foucault imagina cómo sería la vida bajo cuarentena (cosa que nosotros obviamente no tenemos que hacer) y de esta manera logra ver la vida disciplinaria reducida a su esencia, lo que Foucault llama un “modelo compacto” del funcionamiento del poder disciplinario.
La disciplina, cuyas características son puestas en relieve por la peste, es una forma de control social, pero hay otras. Además de la peste, Foucault habla de la lepra y de la viruela, las cuales implican otras formas de control. Yo creo que nuestro presente y futuro cuentan con aspectos importantes de los tres. Veamos.
Foucault explica la naturaleza de la peste al contrastarlo, en el mismo texto, con la lepra. En la Edad Media, la reacción social a la lepra era el confinamiento de los leprosos en estructuras en las afueras de la ciudad. La idea básica es la exclusión, separar y tachar a un grupo, los leprosos, lo cual deja por el otro lado de la división una comunidad pura, nosotros. A lo largo de los siglos desde la Edad Media, el grupo separado y tachado hay variado: locos, pobres, negros, etc., pero la función social ha permanecido. Entonces, donde una enfermedad como la lepra conduce a la división de la sociedad en dos grupos homogéneos e indiferenciados, la peste conduce a una forma de control que toma toda la sociedad, segmentándola, calificándola en jerarquías y entrenando sus partes de forma disciplinada.
Vigilar y castigar fue publicado en 1975. En los próximos dos o tres años, tanto en el primer volumen de la Historia de la sexualidad como en cursos que daba en el Collège de France, empezó a plantear otra forma de poder y su manifestación socio-política que llamaba la “biopolítica”. Donde el poder disciplinario se centra en los individuos, el biopoder tiene como objeto poblaciones enteras. El primero es anatómico, viendo los cuerpos cómo máquinas; el segundo es biológico, viendo el cuerpo cómo un organismo que obedece leyes a nivel de poblaciones, a nivel de la propia especie. En un curso que dio en 1977, “Seguridad, territorio, población”, Foucault plantea la problemática de la biopolítica en términos de la viruela y la inoculación, contrastándolo con la lepra y la peste que ya hemos considerado. El problema, dice: “no consiste tanto en imponer una disciplina [sino fundamentalmente en saber] cuántas personas son víctimas de la viruela, a qué edad, con qué efectos, qué mortalidad, qué lesiones o secuelas, qué riesgos se corren al inocularse, cuál es la probabilidad de que un individuo muera o se contagie la enfermedad a pesar de la inoculación, cuáles son los efectos estadísticos sobre la población en general; en síntesis, todo un problema que ya no es el de la exclusión, como en el caso de la lepra, que ya no es el de la cuarentena, como en la peste, sino que será en cambio el problema de las epidemias y las campañas médicas”.
Las formas que el poder toma van en función de muchos factores: económicos, políticos, tecnológicos. Toma el ejemplo de Fritz Haber. En la primera década del siglo XX, descubrió cómo fijar nitrógeno atmosférico de forma artificial para producir amoníaco, ingrediente imprescindible del fertilizante. Si no fuera por esa invención, la mitad de la población actual del mundo no podría existir. El punto es que ahora el ser humano puede influir de forma positiva en las condiciones de su existencia en vez de estar simplemente a su merced. El desarrollo del capitalismo y de la globalización junto con revoluciones políticas en Francia y en las colonias inglesas que insistían en la libertad del individuo, todo esto condujo a la necesidad de un nuevo arte de gobierno, la gubernamentalidad o la biopolítica que en la cuestión del control ponía el énfasis no en la disciplina de individuos sino en la administración y promoción de la vida de poblaciones. Es en semejante mundo que la viruela da la pauta, sirviendo de modelo para este nuevo arte de gobernar. Con la revolución digital, vivimos cada vez más en un mundo cuyo motor son los datos. Es mucho más fácil y efectivo gobernar una población entera tomando medidas con base en la colección y análisis de datos que tratar de controlar cada cuerpo mediante técnicas disciplinarias. Sin embargo, en este momento de pandemia datos son lo que muchos gobiernos no tienen, con la excepción de Corea del Sur y Alemania donde un masivo regimen de testing se inició desde el principio. A lo que voy es que en la ausencia de datos, un control más disciplinario durante un tiempo es necesario. El encierro que todos experimentamos ahora es ese tipo de control.
Apple y Google están colaborando en el desarrollo de una app que, una vez instalada en tu móvil, registra automáticamente con Bluetooth otros celulares que llegan a estar a cierta distancia de tu móvil. De este manera, si te llegan a diagnosticar con algún virus, un aviso llega automáticamente a todos los celulares que a partir de cierta fecha estaban cerca de ti, informándoles de eso y pidiendo que vayan a que le hagan la prueba. Esto es el rastreo de contactos que los alemanes y coreanos hicieron y que seguramente salvó muchas vidas, lo cual es un ejemplo del biopoder, un poder que opera a nivel de poblaciones con datos y estadísticas para promover indices favorables a la vida.
Ahora bien, desde que Foucault introdujo este tema del biopoder se ha discutido y trabajado mucho, más notablemente por Roberto Esposito y Giorgio Agamben, filósofos italianos los dos. Últimamente, Agamben ha dicho que el COVID-19 no es más peligroso que la influenza normal y que los gobiernos lo están usando como pretextos para controlar a la gente. En vez de biopoder, Agamben habla de necropoder, un poder no de la vida sino de la muerte o al menos de lo que él llama la nuda vida, es decir, la mera existencia. Él vería la app de Apple y Google cómo un dispositivo de control cuyo efecto será la propagación de la nuda vida, y que en el mejor de los casos donde podría salvar la vida, sólo sería para entregar esa vida al sistema capitalista de explotación. Y hay que tener en cuenta que el biopoder que describe Foucault no remplaza o sustituye el modelo de la peste ni el de la lepra. Querámoslo o no, somos cuerpos dóciles. Vivimos en una sociedad disciplinaria donde la vigilancia y los juicios normalizadores sobre el ser humano ejerce un poder y un control innegables. Y ese poder no se ejerce de forma igual sobre todos. El coronavirus no es el “gran ecualizador”, mostrando la igualdad entre los hombres. En los EEUU, por ejemplo, los negros tienen índices de muerte mucho mayor de lo que indicaría el porcentaje de negros en la población. ¿Por qué? Por los efectos del tipo de poder del modelo de la lepra, la exclusión social y la discriminación. Puede que el énfasis hoy en día esté en el biopoder, pero no se debe perder de vista la operación de los tres para entender mejor nuestra realidad.
En fin, ésta es la cuestión que enfrentamos, el carácter de nuestro realidad a futuro. Será de mayor vigilancia y control, conduciendo a un escenario distópico, cómo pinta Agamben, o podemos ver este control ejercido de forma positiva para el ser humano. En una entrevista de 1983, Foucault, hablando de su perspectiva política, dijo: “El punto no es que todo es malo, sino que todo es peligroso, lo cual no es exactamente lo mismo. Si todo es peligroso, entonces siempre tenemos algo que hacer”.
Bueno, dejemos Foucault de momento y pasemos a Gilles Deleuze. Les había comentado que quería platicarles de un escrito suyo de 1990 que se llama “Post-scriptum de las Sociedades del Control”. Es un escrito muy breve, de sólo cinco cuartillas, pero muy atinado y hasta profético. Empieza hablando de Foucault y sus sociedades disciplinarias de los siglos XVIII y XIX, llegando a su apogeo a principios del siglo XX, pero dice que después de la Segunda Guerra Mundial ha imperado otro tipo de poder. Aunque Foucault nunca legó a tratar el biopoder con la misma profundidad que trató el poder disciplinario, seguramente Deleuze sabía de sus comentarios al respecto. Sin embargo, a pesar de ciertas similitudes, no hace mención de ello en este escrito.
Bien, el poder disciplinario se aplica a los cuerpos de individuos que se ubican en encierros definidos, como escuelas, fábricas, hospitales. A diferencia del encierro, que es un molde, los controles, nos dice Deleuze, son modulaciones. Los mecanismos del poder disciplinario moldean al individuo, pero cada encierro es una variable independiente, el poder aplicándose en la escuela, la fábrica o el cuartel militar de forma analógica pero discontinua. En la sociedad del control, los mecanismos del control son variaciones inseparables. ¿Qué quiere decir eso? Pues en vez de encierros cuyos mecanismos moldean individuos, lo que propone Deleuze es un entorno generalizado de control que opera con modulaciones y variaciones. No moldea individuos, sino que modula segmentos o fragmentos de individuos, lo que Deleuze llama dividuos. Estos segmentos o fragmentos no son las partes del cuerpo, cómo el brazo y la pierna, que la disciplina moldea, sino información o datos que pueden ser modulados y variados con mucha fineza, información cómo sueldo, inteligencia, ritmo cardiaco, calificación, etc. Sin duda, el regimen disciplinario utiliza todo un abanico de exámenes y preguntas que genera información que luego se utiliza en los juicios normalizantes y demás cosas que tratamos en el último vídeo. ¿Cuál es la diferencia con lo que propone Deleuze? Les cuento un anécdota para ilustrarlo.
En octubre del año pasado estuve en Colombia y había salido a comer con un amigo y su hija. Estábamos hablando de su educación y su futuro y las cosas que tenía que cuidar de aquí en adelante para tener la mejor educación posible. Y noté que cada rato estaba viendo su celular. Recuerdo que le dije: Sabes una cosa interesante que distingue a la educación que tú vas a tener de la que tuvimos tu padre y yo? Yo recuerdo muy bien saliendo de la escuela en la tarde y yendo a casa y dejando la escuela con todas sus pendientes y pleitos y relaciones con los compañeros hasta el día siguiente. Es que en casa estaba en otro entorno, un entorno familiar e íntimo que ningún celular o computadora podría interrumpir. ¿Por qué? Porque todavía no existían esas distracciones. Hoy en día sí. Los pobres niños de hoy en día traen la escuela y todo su bagaje 24 horas al día – no pueden escapar de ello. Esto está reflejado en lo que Deleuze dice sobre las escuelas. Para Foucault, las escuelas eran un encierro y el examen uno de sus principales mecanismos de poder o control. Dice Deleuze: “la formación permanente tiende a sustituir la escuela, y el control continuo tiende a sustituir al examen”. En la sociedad del control, nosotros somos dividuos, un flujo constante de datos cuantificables que se varían o se modulan constantemente, estés en la escuela, la casa, el trabajo, donde sea. Por un lado, este tipo de control nos libera de los encierros permitiéndonos la libertad de estudiar o trabajar de donde queramos. Sin embargo, ya no se puede esconder o desconectarse. Hay que estar siempre pendiente, responder correos, y asumir una responsabilidad a toda hora. A diferencia del panóptico ubicado en el centro con su vista, real o imaginada, radiando hacia fuera, la vigilancia en la sociedad del control está dispersa, esparcida entre los códigos y contraseñas que regulan acceso a la información. Este rastreo es continuo y automático, generando información para mercadólogos, pero también para gobiernos – un ejemplo perfecto y escalofriante siendo el sistema de “crédito social” en China que premia conducta acceptable con acceso a servicios e información, y condena conducta “anti-social” bloqueando acceso a lo mismo, básicamente excluyendo a uno del entorno social. ¿Quién quiere ser un leproso moderno?
Aquí tenemos una pregunta interesante. No sé quien fue el primero en comentar que las dos cosas que motivan al ser humano son el dolor y el placer, el miedo al uno y el deseo por el otro. Si queremos que un caballo camine, podemos pender una zanahoria delante de la cara (el deseo) o amenazarlo con golpearlo con uno palo (el miedo). Pensando en este ejemplo del crédito social en China, ¿el entorno social es una zanahoria o un palo? Si es un palo, podríamos asociarlo quizá con el entorno totalitario de la novela 1984 de George Orwell. Ahí el gran hermano nos está vigilando cómo al parecer hace el gobierno chino con su control del internet y las cámaras en las calles, etc. ¿Actúan los ciudadanos chinos motivados por miedo hacia ese tipo de poder, un poder que podríamos clasificar en términos foucaultianos como disciplinario? ¿O se actúan motivados por el placer, por una adicción a los “me gusta” y otros indicadores en las redes sociales del estatus social de uno? La novela correspondiente no sería 1984, sino Mundo Feliz de Aldous Huxley. Nosotros sabemos que los servicios que consumimos en línea y que nos dan tanto placer no son gratis. Las grandes compañías de tecnología como Facebook, Google y Amazon y también los gobiernos están recabando nuestra información para fines de lucro económico y control político, pero ¿nos importa? ¿Esto es el miedo que nos da del futuro, que los gobiernos van a utilizar el pretexto del coronavirus para vigilarnos y controlarnos más? Si tomas las perspectiva de 1984, entendería tu preocupación, pero en la medida en que nuestro mundo sea el mundo feliz donde el placer rige la conducta, diría que ya hemos vendido nuestro alma a ese diablo.
1984 no es sólo el título de un famoso libro, sino una fecha. En ese año estaba yo en la preparatoria y recuerdo muy bien un comercial de Apple que anunció la nueva computadora que llamaban Mackintosh – lo que hoy en día llamamos la Mac. Era la primera computadora con mouse e íconos en la pantalla y no sé cómo pero logré convencerles a mis papás que me la compraran. Aquí estoy en mi primer año de la universidad con ella (y también con mucho cabello). Bueno, en el comercial, Steve Jobs aprovechó que saliera su nueva compu en 1984 para contrastarlo con las computadoras de IBM que asociaba con el sombrío y desolación de un regimen totalitario, como el gran hermano de esa novela. En un discurso donde el gran hermano está hablando o adoctrinando desde una pantalla a un grupo de hombres que atienden en plan zombie, entra al escenario una mujer corriendo con un martillo grande y que lo lanza a la pantalla rompiéndola y anunciando una nueva época. Voy a dejar una liga en la descripción aquí abajo para que vean el comercial, pero creo que visualmente pone en relieve las opciones que he estado discutiendo entre Foucault y Deleuze, entre Orwell y Huxley, el miedo y el deseo. No dudo que el futuro será mucho más complicado de lo que los conceptos que hemos visto aquí pueden tratar, pero creo que es un buen punto de vista. Y si te inquieta o te desespera el escenario a futuro, recuerda las palabras de Foucault, que me parecen muy sabias: “El punto no es que todo es malo, sino que todo es peligroso, lo cual no es exactamente lo mismo. Si todo es peligroso, entonces siempre tenemos algo que hacer”.

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4 Comments

  1. Rolando · 22/04/2020 Responder

    Gracias Dr. Darin,
    Luego de escuchar su interesante y educativa exposición, quedo pensando si en esos análisis de posibles escenarios faltó un importante ingrediente de las sociedades de control; me refiero a la religión y recuerdo el rol que desempeño en la Edad Media, esa combinación de poder civil y poder religioso.

  2. Carlos · 23/04/2020 Responder

    Me parece que el guión está bastante confuso. Puede suceder que la inmediatez tan súbita de la cuarentena nos haya sumido en profundas reflexiones no totalmente decantadas todavía. Por ejemplo,¿existe la libertad para morirse, en el supuesto que estemos lo suficientemente informados y, aparentemente sabemos lo que estamos haciendo? Esto sin nombrar el movimiento Muerte Digna para enfermos terminales y calamitosos. Por otra parte, es sabido que podemos perjudicarnos sin saberlo. Algunos actos de nuestra infancia nos condenan en la vida adulta incluso sin darnos cuanta jamás; por ejemplo, porqué consumimos carnes rojas.
    Pero puede ser más crítico. Es el caso de, por ser el coronavirus asintomático, desconocer muchas veces qué es lo que hago, o hacen, a favor o contra mi vida. Allá afuera puede haber asesinos en serie, individuales, colectivos, institucionales y civiles, yo mismo puedo serlo, sin tener conciencia de tal, incluso sin siquiera proponermelo. Incluso se asiste a los hospitales no a curarse sino a, eventualmente, morir pues no están lo suficientemente dotados pero, todavía peor, mientras trabajo como médico pues no existe vacuna para salvarme.
    El virus, un “ser” abiótico, confronta el ser íntimo de lo vivo y lo subsume al servicio de su propio interés reproductivo. Esta amenaza ha existido siempre pero la pandemia me hace sujeto portador de la acción del virus de una manera tal que paraliza mis otras acciones sociales. Obviamente, la existencia del capitalismo agrava todo eso y lo potencia hasta la exasperación.
    Es muy temprano para hacer un balance, según mi opinión.

  3. Joan Lluis Rabassó · 25/04/2020 Responder

    Hola Dr Darín,
    Muy interesante de nuevo. Mi comentario va en la línea de que no todo es placer (Mundo feliz de Aldous Huxley) o peligro (1984 de George Orwell). Es una falsa dicotomía. También difiero de el planteamiento de Focault de que el punto es que no todo es malo, sino que todo es peligroso y, por tanto, algo se puede hacer.

    La palabra todo es muy poderosa, pues de ella nada se escapa ya que engloba toda la realidad. Incluso estos comentario. Cuando uno la utiliza en una oración suele caer en una falacia, ya sea en un sentido u otro, ya que adjetivar la totalidad en toda su dimensión es imposible y solo nos podemos acercar con matices. Si lo hacemos de esta forma tan simplista como todo es placer, bueno, malo, peligro, etc, caemos en un error de razonamiento si este es nuestro punto de partida.

    Por ello, considero que, en nuestra realidad, como siempre has explicado, hay un centro que ordena y ejerce poder sobre el resto, ya sea Dios, la razón, el placer y, por tanto, actúa disciplinariamente ejerciendo su poder. No podemos vivir sin ese centro, y hay muchos poderes que aspiran y cooperan para ocupar ese centro. Cada uno tiene su vertiente positiva y su contrapunto negativo cuando cae en el otro extremo.

    Ahora, dicen que el poder son los datos, Como ingeniero de telecomunicaciones te diría que resultan ser una herramienta más de poder, pero es tan sutil y sofisticada como las otras a la vez que vulnerable. Nietzsche ya se encargo de hacer ver a la sociedad que Dios había muerto y hoy, en definitiva, también podemos afirmar que la información ha muerto. Ésta ejerce y basa su poder en el hecho de que es capaz de eliminar la incertidumbre y ordenar la realidad. Pero en un entorno como el actual donde la capacidad de generar desorden y caos es mayor que la que tiene la información de ejercer su poder reordenador su utilidad es nula.

    Eso es debido a dos factores. El primero es el crecimiento exponencial de la información, que en estos momentos escapa al control y capacidad de toda la humanidad. Se genera más, se transmite más, se almacena más, de la que todo nuestro ecosistema humano y su inteligencia artificial es capaz de procesar y extraer conocimiento, pues la aceleración en la generación de datos no solo satura a los que la han de procesar, sino que invalida en poco tiempo lo que se acaba de generar y las conclusiones que de ella se han obtenido.

    En segundo lugar, la transmisión de los datos por las redes hace que, como diría Marshall Mcluchan, el medio es el mensaje y, por tanto, la falta de atención, esa misma dispersión dificulte el razonamiento y la comprensión lógica de dicha información, pues se carece la información muta al no procesarse por el canal adecuado. El conocimiento adquirido leyendo “Vigilar y castigar” lentamente a través de un libro no es lo mismo que el que se realiza viendo tu excelente video. Son complementarios, pero hoy solo se tiene tiempo a lo sumo para el segundo. Todo ello hace que el concepto de sabio hoy sea imposible, tengamos muchos expertos en múltiples disciplinas sin una integración y visión holística entre las mismas, cuando los problemas a los que nos enfrentamos (cambio climático, crisis económica, pandemia, etc. ) lo requerirían, seamos todos cuando salimos de nuestro campo de saber simple masa pues desconocemos el resto al estar fuera de nuestro campo de saber y, por tanto, menormente manipulables. Es decir, los datos e internet nos han convertido en la sociedad del entretenimiento, del placer, del miedo peor sobre todo en la sociedad de la ignorancia para todos ya que ahora todos consumimos y producimos contenidos. Es como el panóptico de Foucault y de Deluzze en que todos sabemos e ignoramos, pero no sabemos si lo que sabemos es cierto y si lo que ignoramos es relevante. Nos vigilamos y castigamos nosotros mismos. El estado o las multinacionales ya no tienen que hacer ese trabajo, pues en el fondo ellas mismas como estructura de poder van a perder su sentido.

    Llegados a este punto nos queda volver a los clásicos como en su momento se hizo en el Renacimiento y admitir que el mundo moderno ha finalizado y debemos reiniciar asumiendo como hizo Sócrates que si algo sabemos es que no sabemos nada y, a partir de ahí, reconstruir un modelo de sociedad global basada en los valores de siempre que seamos capaces de compartir en una ética común entre toda la humanidad. Quizás que cada un empiece con la que le es propia y la explique al otro y, si reconoce algo verdadero en otra que la asuma como tal, a través de un diálogo verdadero.

    Felicidades por tu trabajo.

    Cuídate
    Joan

  4. Margalida Bauza · 26/04/2020 Responder

    Siento que hayas tenido que interrumpir tu año sabático pero ha sido una gran suerte para nosotros. Tus vídeos siempre son interesantes, ilustrativos y, muy importante, amenos. Gracias por estar ahí

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